Una puerta cerrada sobre de mi

Acuerdo perfectamente el día en el que Umber llegó a casa.

Papá la dejó delante de la puerta de mi habitación en una tarde tediosa de octubre: una puerta cerrada hace meses, lista para subrayar el confín impracticable que había marcado entre ellos y yo, los otros y yo, yo y yo.

Él llamó a la puerta – lo intentaba siempre -, pero con la falta de mi respuesta – como siempre – se alejó silenciosamente, sin demorarse.

Pero esta vez el séquito fue diferente, porque la puerta no se quedó cerrada: al sonido gomoso de sus zapatos siguió un maullido, parecido a un lamento, que me empujó a abrir aquella barrera detrás de la que, estúpidamente, me obstinaba a esconderme hace tiempo, convencida que lo malo fuera más allá de aquel confín; encontré, apoyada sobre el mármol blanco, una caja de zapatos de una famosa marca, hallada quizás donde, de un marrón desteñido por el tiempo, con un mensaje escrito de prisa, torpemente.

Dentro de la caja estaba una pequeña gatita. Se quedó poco sin nombre, porque mi afán de etiquetar todo me empujó a jugar con la palabra que encabezaba, imponente, sobre la caja: Lumberjack. De ahí saqué el nombre para darselo a aquella bolita de pelo que me miraba con ojos tiernos y asustados: Umber.

No sé bien lo que empujó mi padre en llevarla a casa, y nunca pregunté donde la hubiese encontrado, pero a aquel gesto, todavía hoy, debo mi renacimiento.

Era pequeña, tan pequeña que aquellos pocos centímetros de caja parecían muchos para ella. Muchos pero no demasiados: un momento de distracción, luego un ligero batacazo, y ahí estaba gateando con dificultad sobre la alfombra rasgada color morado de mi habitación, enganchando sus uñas tras las orlas y rodando con su manera de hacer tan torpe que me arrancó una sonrisa, por fin.

Fue fácil reconocer la grafía de mi padre sobre aquel trozo de papel sin líneas guía. La tinta azul cogía la forma de una frase de Calvino:

“Si levantas un muro, piensa en lo que queda afuera”.

Alguien ha dicho que es suficiente el batido de las alas de una mariposa en Texas para provocar un tornado en el otro lado del mundo: aquel batacazo fue el batido de alas que provocó mi tornado, fue el empujón que me movió, que me hizo perder el equilibrio. En algunos instantes pensé en mi malestar, y cuanto mal estaba haciendo a mi cuerpo y, sobretodo, a mi mente, en el vórtice negro en el que me había perdido hace un año. Pensé en las lágrimas y sollozos de mi madre, que, mudos, se mezclaban a los míos durante la noche, cruzando los muros que separaban nuestras habitaciones pero no nuestros corazones. Pensé en las botellas vacías, en los platos vacíos, en aquellos rotos y en mis recaídas: la fuerza con la que Umber volcó la caja me despertó del sueño lleno de pesadillas dentro del que había sido tragado.

El batacazo, la caída, el levantarse otra vez: una secuencia formada por tres partes logró devolverme la gana de hacer, de sonreír, de vivir.

Me puse firme, me levanté de la cama, di unos pasos como si nunca hubiera andado antes y apreté Umber en mis brazos, con la intención de cuidarla desde entonces, sin saber que, derrumbado el muro que yo misma me había construido alrededor, habría empezado otra vez a cuidar alguien más: yo.