Un trozo de cielo

- ¿Has traído lo que te pedí? – preguntó él, sin saludar.

- Claro, - contestó ella.

Llevaba un vestido azul que parecía recubierto con una fina capa de pólvora oscura.

- Venga, date prisa, - balbuceó él, dejándola pasar.

Ella nunca había estado en ese hotel: barato; invisible; atormentado por el ruido incesante del agua que corre en las tuberías. Por supuesto era raro que alojara allí una persona como él: seguía siendo la que llamaban “rencarnación de Joe Strummer”. Aquel que empezó ganando un Disco de oro; por si siga valiendo algo. El enésimo destinado salvador del rock’n’roll en una época tan impura.

Encima del sofá al fondo del cuarto, recubierto por una lona color óxido, era posible ver unas astillas plateadas. Era como mirar un pequeño cielo de julio por la tarde, ya poblado de estrellas: el dibujo de una realidad imposible por naturaleza.

Se acercó para averiguar lo que era.

- Son piezas de un DVD, - explicó él. – La versión restaurada de “E.T.”, con nuevos efectos especiales, más realísticos…

Había visto esa película hace mucho años, en VHS, precisamente junto a ella. Pero fingía de haberlo olvidado. Ciertos recuerdos, si sacados a la superficie, pueden arrastrarte al fondo; y él lo sabía.

- Estaba arruinado. Se congelaba cada vez que la bici del niño estaba a punto de coger el vuelo, - farfulló él, mientras recogía las piezas de plástico del sofá y los dejaba encima de una mesita. – Entonces enloquecí y lo hice pedazos. De todas formas, en esta versión moderna E.T. parece un cúmulo de gelatina…

Cuando encima del sofá no quedó nada, ella se sentó y puso allí cerca una bolsa de plástico.

Desde fuera llegaba el ruido continuo de las motos volando al atardecer. Se sobreponía al de los coches que las acompañaban por la calle. A él, después de todo, se le parecía normal: era el mismo que oía cuando subía al escenario. Durante un concierto en Bristol creyó que aquel ruido fuera nada menos que el sonido de un enjambre de luciérnaga a punto de asaltarlo. Pero en realidad lo que veía no eran bichos; eran sólo las pantallas luminosas de los móviles del público sacando fotos sin parar.

- Qué barullo…-lamentó ella, tapándose los oídos y frunciendo las cejas combinadas al color del pelo: había dejado el tinte rubio miel para pasar al rubio arena. – Te volverás loco viviendo aquí.

Él respondió con una sonrisa. Se arregló los pantalones del pijama y se sentó a su lado.

- ¿Te has olvidado cual es mi trabajo? se le preguntó. – Yo vivo de barullo.

Empezó a hurgar la bolsa, moviendo las manos con la flema de un anciano.

- Una de esas web dijo que has muerto de sobredosis. – dijo ella, con los ojos fijos en las manos de él las cuales, desde el última vez que ella las vio, parecían ser huesudas.

De repente dejaron de moverse.

La mirada de él ahora se fijaba en un espacio blanco en el muro, allí donde había quedado el halo de un cuadro llegado quien sabe dónde.

- ¿A la gente todavía le gusta el cuento de la estrella del rock que se autodestruye? – se le preguntó a ella, aclarándose la voz.

Bajó otra vez su vista. Y la expresión en su rostro volvió a ser de golpe tranquila. Sacó de la bolsa una botellita de leche al aroma de vainilla. Bebió con el mismo afán de quien no bebe agua desde hace días.

De la comisura de la boca se le escapó lentamente una gota, semejante a una lágrima; sólo ella pudo darse cuenta de esa gota.

Por eso acercó suavemente una mano, y alejando un mechón de pelo sudado, le acarició la frente; como hacía muchos años antes, cuando se cercioraba de que no tenía fiebre.

Ese movimiento ralentizó su sed. Ahora saboreaba la leche, con la esperanza de que nunca acabara.

Sólo quería decir: “Gracias mamá”. Pero no lo hizo. Dejó los labios pegados a la botellita, recordándose que ahora no podía confiar en nadie.

Al final la puso distraídamente encima de la mesita a su izquierda, donde aún quedaban las astillas de esa película.

Tal vez, sin quererlo, la golpeó con el palmo y la dejó caer.

La mesita se rellenó pronto de ese líquido tibio y perlado que, justo como él deseaba, parecía no terminar.

Y de repente las astillas luminosas fueron sumergidas por ese líquido. Pintando un lugar como otros, alejado de todos, un trozo de cielo que no podía existir.