Un nuevo día

Cruzo por la calles de Roma a una chica de ojos grandes y labios estrechados en una cálida sonrisa, que apenas acuerdo. -Yo sí que me acuerdo- me dice.

Se me ve un poco confuso. –Tienes frio- del tono parecía más una afirmación que una cuestión, me pregunta entonces si quiero una bebida caliente o comer algo. Acepto con gana. Entramos en un bar luminoso, con mesitas en acero. Me siento y gentilmente me trae un capuchino. Mientras que hablamos me acuerda como la encontré: yo estaba en un centro de acogida, ella una estudiante de fotografía. Me tiró una foto con detrás una pared blanca, lo acuerdo muy bien.

-Para un proyecto universitario, si no me equivoco- le digo. Ella hace seña que si con la cabeza, sonriendo. Pues controla rápidamente el móvil en el bolso, me mira y me pone una rara pregunta.

-Y tú ¿Te acuerdas aun de tu llegada a Roma?-

 

Tenía toda mi vida encerrada en un bolso de tela. En frente el mar que tenía que cruzar: y sólo se trataba del principio.

La larga marcha sobre aquella extensión de agua al parecer tan breve se transformó en agonía cuando, amontonados en aquel barco, el calor sofocante de la respiración de los demás, el hambre y la sed empezaron a atenazarnos las vísceras; los cuentos eran la única evasión. La única salvación.

Durante el viaje muchos no conseguían encontrar una buena posición para dormir: éramos demasiados y obligados a estar de pie, pegados, en aquel espacio angosto. Una mujer mecía a su niño en los brazos. Me dio la atención la posición innatural de la cabeza del nene y no demoré para enterarme que no dormía. La madre miró entonces hacia el vacío: el confino entre vida y muerte era tan lábil ahí.

Cuando desembarcamos me enteré que el espacio difícil vivido en el barco iba a ser solo el primero de muchos que habría probado sobre mi piel. Los militares nos amontonaron en lo que venía llamado “centro de acogida” en una pequeña ciudad del sur de Italia. Al interior gente dormía sobre unos colchones tirados, paredes desconchadas alrededor y embellecidas aquí y allá por unos writers. Tenía comida y un techo sobre la cabeza, estaba bien, pero después un par de días, como fuéramos paquetes, nos enviaron todos hacia otro centro. Roma, la ciudad eterna la llamaban: la que se volvió completamente en mi casa. En aquel centro conocí a nueva gente que me acogió como si hiciera improvisamente parte de su familia y me contaron como aquel lugar, que para muchos podía parecer como un simple edificio en decadencia, hubiera dado esperanza a personas que la habían perdido ya toda.

Pero en un día soleado, el centro cerró tirando otra vez a la calle aquella gente que pensaba ser al seguro. Todo había vuelto al punto de partida. Y la cosa que nos desestabilizó una vez salidos por aquellas puertas seguras fue ponernos otra vez en viaje, marchando – quizás hacia dónde. El objetivo diario llegó a ser uno: comer.

 

Le cuento que mientras seguía mi peregrinaje por la ciudad, pues cansado, pensé sentarme a una esquina. Le explico que no hay sólo oscuridad en esta mi odisea, pero también algo de bueno: una dulcísima nimiedad. Una tarde fría de diciembre, al borde de la carretera, mientras intentaba calentarme con un viejo nórdico consumido, se me acercó una niña. Habrá tenido cinco años con pelo dorado y ojos color esmeralda; con su pequeña mano me pasó un pedazo de su bocadillo. Me sonreí y correspondiendole la sonrisa acepté la oferta. Ignoré entonces la mirada mordaz de la madre que alejó forzadamente la pequeña, e intenté dormirme sobre aquella lengua fría de asfalto.

Aquella noche no conseguí dormir bien; pues empecé vagabundear por la ciudad otra vez, y esperando el amanecer, admiré los primeros rayos de luz pegarme. El aire frio condensaba mi respiración en pequeñas nieblitas, sonreí.

 

-Era un nuevo día- le digo concluyendo mi cuento.

La chica que apenas conocía miró por el otro lado con ojos mojados. Pues me dijo con una de sus sonrisas sumisas que tenía razón: iba a ser un nuevo día.