Todos o Nadie

Nadie quería decirme cuando iba a regresar.

El sumo Dante, conocedor de todo lo posible sobre los personajes ilustres, cree que murió y que ahora está en el octavo hoyo del infierno, lo de los consejeros fraudulentos. Pero desconfío de quien es famoso por componer sus obras bajo efectos de alucinógenos. Y no hablamos de Omero: desde cuando es rehén de la Diosa Fama y del Dios Dinero, inventa un montón de tonterías sobre su cuenta.

A la gente como vosotros hace creer que él regresó a Ítaca y que, no obstante algunas desventuras con Cíclopes, Dioses y Sirenas, sigamos siendo una familia unida, pero así no es. Nadie va a volver, estoy segura, y mientras tanto estoy rodeada de pretendientes que gruñendo están listos para matar sus mismos hijos para atarme a una cama y violarme llevando la corona de mi esposo. No quiero que esto pase. Hasta ahora los necios se han siempre fijado conmigo sin enterarse del engaño que actúo todas las noches cuando, con fiel dedición, deshago el sudario que durante el día tejo bajo la mirada de sus ojos impacientes. Cada noche, pero no aquella. Caí en un sueño tan profundo que Nadie me apareció en sueño aquella noche. Oí sólo una voz tranquilizadora procedente del obscuro: me sugería algo pero pronto fue interrumpida por una luz blanca y un sonido metálico estridente que me dominaron. No podía abrir los ojos ni ignorar aquel ruido insoportable. Duró casi tres segundos, luego otra vez silencio, obscuro y sueño.

Cuando me desperté, vi la nutriz deshacer el sudario en mi lugar y Argo saltar en la cama y rellenarme de cariños. Generalmente era desconfiado y todas aquellas atenciones me hicieron pensar otra vez en las palabras tranquilizadoras de la noche. Euriclea era expertísima en la interpretación de los sueños: con los ojos siempre fijos sobre el telar, me preguntó si la voz que había oído proceder del obscuro había profetizado el encuentro con un caballo y si me había sugerido de recorrer la isla tres veces en compañía de Argo, siguiendo el sonido del viento y el ritmo sumiso del mar. Parecía que ya sabía todo. Asentí en silencio, maravillada. -¡Quizás ha vuelto!- dijo con voz baja. –Se dice, en la versión oficial de la Odisea, que Nadie se te presentará en sueño, pero sólo una voz te dirá como favorecer su regreso. Se dice que Nadie te enseñará el camino, pero Argo y un caballo, el mismo construido por Atenea para la impresa de Troya, te llevarán a él. Después, rehén de dinero y fama, Homero modificó la primera versión del poema, pero ¡quizás el Destino aprobó la trama ya!-.

Me enteré de la noticia, me puse un traje blanco, sin sandalias, con un silbido llamé a Argo y salimos por la puerta trasera, para evitar el contacto con los pretendientes que esperaban en el atrio con la baba a la boca. Miré hacia atrás dos o tres veces sin parar; veía el palacio cada vez más pequeño, poco más de seis pies, y entonces el sonido tan esperado, un relincho. Era un maravilloso ejemplar blanco: el famoso caballo de Troya. Fuimos despacio hasta que no nos alcanzó. Éramos perfectamente alineados y seguíamos, como profecía, el ritmo del mar. Era una danza con los mismos pasos, suaves y convencidos. Convencidos de que la voz sofocada por el viento nos habría ayudado en encontrarlo.

Vi el palacio alejarse y acercarse otras dos veces. El recorrido casi había terminado, Nadie al horizonte…

Probé tanta soledad que empecé a correr. Imágenes rapidísimas me pasaban por el lado fundiéndose con un arcoíris de colores. Los animales siempre me seguían alineados, dejábamos huellas profundísimas en la arena y sentía el corazón pulsar de esperanza.

Nos paramos de repente, dejando una huella aún más profunda. En el suelo, un hombre, respiraba con jadeo y temblaba por el frío. Podían ser todos o Nadie. Fue el tímido Argo que me dio coraje, le olió la cara y se echó a su lado. Tenía sólo una manera para enterarme si fuera él de verdad: me puse de rodillas, lo miré recto a los ojos y pregunté -¿Cuál es tu nombre, extranjero?- Con voz flébil y tranquilizadora como la del sueño contestó sólo - Ὀδυσσεύς [1]-. Fue la más bella confirma. Nadie, quería decirme cuando iba a volver. Nadie, me ha enseñado el recorrido para encontrarlo. Nadie, me apareció en sueño aquella noche.

 

[1] Siempre es aquel bufón de Homero que propone una versión desviada de la realidad cuando en el libro XIX intenta explicar la etimología del nombre “Odiseo”, en griego Ὀδυσσεύς "Odussèus", como “lo que odia” (en este caso los pretendientes) o “lo que es odiado” (por todos los que esperan que no vuelva a Ítaca). Pero en realidad, la verdad es que se trata de una sutil y extraordinaria asonancia. “Odiseo” acuerda la palabra griega “oud-eis” que significa “nadie”. De aquí el famoso estratagema que actuó para huir de la garfas del cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, dios del mar.

"Oud-eids": " Nadie” es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros. Y él me contestó con corazón cruel: a Nadie me lo comeré el último. Este será tu don de hospitalidad. (Odisea libro IX)