Huellas de tiza

Por la noche me encontré de nuevo en frente de esa puerta. No sabía lo que me estaba llevando allí, después de tanto tiempo, pero al sol, que ya se estaba ponendo suavemente sobre los tejados planos del centro histórico de Alghero, no le importaban nada mis dudas. Así que la decisión de estar delante de un pasado al que ya le había dado la espalda hace más de una decada me pareció muy rara. Un asunto que jamás habría querido volver a abrir; pero ya se sabe, está en la naturaleza humana realizar a menudo acciones terriblemente impulsivas, y mi dedo apretando el timbre, mientras miraba esa ventana de la tercera planta, era una evidente demostración.

Esperé unos pocos segundos infinitos. Momentos en los que pensé huír , correr y dejar todo atrás. Justo cuando estaba considerando la posibilidad de seguir viviendo serenamente, una voz contestó:

- ¿Quién es?

Vacilé todavía unos momentos.

- ¿Quién es?

- Leonardo!

De pronto todo se congeló. El viento dejó de soplar. Ni siquiera había un coche en la carretera principal de la ciudad, ni tampoco en las de todas las otras ciudades del mundo, todas habían sido cristalizadas como en una foto robada. Mi respiración se hizo silenciosa, dilató el tiempo, desgarrándolo. Lo que me parecíó una eternidad fue probablemente nada más que unos pocos segundos. Unos segundos muy largos. Complicados. Parecía que todos en ese momento estaban decidiendo su propio destino. Incluso el buen Dios, desconocido por mi parte, parecía haberse distraído de su clasificación de almas en las eternas listas de espera del Juicio Final.

Sin añadir nada más, se oyó el ruido de la puerta que se abría y después colgó el telefonillo. Los tubos de escape de los coches recomenzaron a exhalar humo por las carreteras del centro, acelerón tras acelerón, y el viento, acariciando los árboles, volvió a sacudir la incertidumbre.

Entré y, una vez cruzado el umbral, toda mi vida me volvió a la mente. En un universo paralelo me hubiera preguntado el sentido de todo eso.

Dado que ya había comprado apresuradamente la primera botella de moscatel que me había pasado por las manos, pensé que también podría descorcharla para alejar viejas inquinas. Cerré la puerta después. Ya estaba determinado. Afrontaría a los padres de Alice, una última vez. No los había vuelto a ver desde aquel día en Dublín. ¿Habrían envejecido? ¿Qué iba a hacer en primer lugar? ¿Tendría que abrazarlos o sólo darles la mano? ¿Y ellos? ¿qué iban a hacer ellos?

Cada escalón hacia la tercera planta de ese edificio constituía una pregunta diferente.

Me di vuelta a la esquina para hacer el último tramo de escaleras y ella estaba allí: con su pelo, casi todos blancos, a media melena. Menuda y arisca. Marcada por el flujo de la vida. Una cosa no había cambiado después de todos aquellos años: la manera de que me miraba.

Y ella seguía allí, de pie, en el umbral, como la había visto mil veces en mi juventud. Y cada vez que me iba de esa casa, ella estaba allí en el rellano, esperando a que yo me diese la vuelta para remachar con su mirada que la culpa era solo mía. Nunca me había girado y tampoco lo hice esa vez, si no hubiera tenido que decirle que Alice me había pedido que huir de esa vida de gratitud que, con el tiempo, se transformaría en esclavitud. También pensé que el hecho de condenar a alguien podría algún día ayudarla. Obviamente lo que creemos que es correcto para nosotros se revela monstruosamente malo para otra persona.

Me paré antes de recorrer los últimos escalones. Una mueca, que podría estar relacionada con una sonrisa, apareció en mi cara.

- Linda ... -

Sonrió. Como el verdugo que sonríe a sus víctimas antes de apretar el gatillo. Como el juez que sonríe al imputado culpable, antes de emitir el veredicto. Como el torero que sonríe complacido, antes de ensartar el toro hasta la muerte.

- Abuela ... -

Con un moscatel barato en las manos, recuerdo que pensé en como, cuando iba al colegio,borraba las huellas de tiza en la pizarra, y de la misma manera, ese día, escuchando aquella voz de niña que procedía del interior de ese apartamento en la tercera planta, quería más bién borrar el tiempo.