Entre el Negro y el Mar

Imaginar en un mundo sin colores no es fácil: la unica alternativa es elegir como modelar y doblar los límites de las cosas. Negro, blanco, gris. Y al final los límites se hacen indefinidos, sobre todo en su rostro, sobre todo entre sus cabellos.

 

Ahora está frente a mí, disfrutando de un helado y yo permanezco fuera, como siempre, de su fotografía.

Debe haber sido marzo. El mundo recuperaba color- aún los conservava todos, los colores fríos y los cálidos-  sobre todo en esos días en los que el sol resplandecía con fuerza y su luz barría cada nube con la ayuda de la brisa liviana. El aroma del pasto fresco comenzaba a renacer bajo la sombra de los olivos y las primeras flores de magnolia y de durazno se abrían en una rosácea luminosidad de pétalos.

-Papá, me llevas a pasear?

Fumaba mi cigarrillo con los codos cerrados sobre el alfeizar de la ventana, admirando como la naturaleza cambiaba veloz y constantemente: no había modo de frenar los cambios, solo podía aceptarlos y seguirlos, enfrentarlos de la mejor manera. En ese momento se veía el sol: salir con Él era a la única forma de disfrutar la primavera. Sonreí, apagué el cigarrillo en el cenicero, me lavé las manos de forma profusa y luego me acerqué a su carita impaciente. La mirada celeste y los cabellos: cansados rayos de sol sobre su frente.

- Desde luego, mi chiquito, vamos a jugar al parque, te parece?-. Sonrió con todos sus dientitos blancos. Y yo era feliz, irracionalmente feliz.

El parque estaba lleno de gente, pero sobre todo estallaba de colores como una pintura a óleo: los primeros árboles floreciendo, el pasto que brillava, las remeras de colores, los vistosos rollerblade y los coloridos manteles de picnic.

- Ve a jugar con los otros chicos- le dije. No dudó ni un momento, me saludó con la mano alcanzando sus “amiguitos” que saltaban de las hamacas al tobogán. Me senté en un banco, prendí el cigarrillo, extendí los brazos y dejé caer la cabeza hacia atrás. El sol picaba sobre la piel y el ruido difuso me recordaba el murmullo tímido del mar. Fantástico.

Un instante. Un grito, alguien llamaba mi nombre, el barullo, un círculo de personas, desconocidos, justo ahí, ahí, donte estaba Él, entonces corrí, me quemé las manos con el cigarrillo, corrí hasta quedar sin aliento, y Él estaba ahí cerca de la hamaca, con sangre en la nariz. La abracé fuerte, grité que llamaran la ambulancia, mientras lo apretaba, lo llamaba y le decía “es en juego, en juego, mi chiquito” y lo consolaba diciéndole que ahí estaba Papá, que todo habría de pasar y que no debía preocuparse.

Pero él sonrió debilmente. –No me preocupo, papá, si me prometes que me llevas al mar-.

- Lo juro, mi chiquito- dije entre lágrimas. Y éltodavía sonreía, indefenso. 

 

El mar debajo de nosotros. La terraza domina como una reina sobre el acantilado. Ese murmullo tímido de olas chocando contra las rocas que resuena como una dulce cantilena. Un hombre con algunos niños saca fotos: pero a estas alturas todo es blanco y negro. No lo ve?

Los colores son, y no lo saben. Pero no se los digo. Evito. Callo esta bicromía también a Él que, aún sonriente, toma el helado de vainilla. Me había agradecido unos minutos antes con una sonrisa diciéndome que era el mejor Papá del mundo. Y sin embargo el mejor papá del mundo está fuera.

Impotente.

Exiliado de aquella postal en blanco y negro. Porque en el profundo Papá lo sabía desde aquel accidente, el médico se lo había dicho que, al terminar el verano, habría quedado solo en la casa. Sin sonrisas; y menos las suyas. En un mundo infinito de grises matices, atrapado entre el negro y el mar.