Tawk

Dicen que la consciencia colectiva es como el mar: las conciencias de todos los seres vivientes son las olas que componen el mar, forman parte de ella, y se agolpan, se mezclan sin predominar una sobre la otra; sin aplastarse, pero interactuando entre ellas para formar las corrientes y las mareas. Esto significa que nuestra individualidad forma parte de un esquema más grande y que nuestra conciencia tiene una memoria histórica, antigua.

Las olas del mar, flujos de conciencias.

 

Nosotros, los habitantes de la Tierra, nos olvidamos con frecuencia, pero existe una pequeñísima isla flotante en alguna parte del cosmos que vive en la conciencia de este tipo de conocimiento. En esta isla no hay gobiernos, no se aplican leyes y se regula según los instintos de los arquetipos innatos: todos, aquí, perciben catástrofes y peligros antes de que estos ocurran. Los habitantes son también conscientes que todas las cosas materiales de las que estamos rodeados son fruto de sus sueños: sueños localizados en su espacio y en su tiempo. Por esta razón no dan mucha importancia a los objetos y no están mínimamente afectados por el sentido de posesión, tampoco en las comparaciones con sus símiles. Todos actúan según los designios de la propia conciencia y de sus normas; las relaciones entre los habitantes de la isla se desarrollan sin problemas de comunicación y el sentido de conmiseración y compasión para con el prójimo ayuda a no alimentar el odio y la violencia. Esta isla ha vivido una, y solo una, guerra en el curso de su historia. Este suceso, junto como tantos otros, nunca se olvida, sino que se conserva en la conciencia de la memoria, por eso esto no ocurrirán nunca más.

 

Tawk es un filósofo; tiene tres años y medio. Vive en esta isla desde hace 745 años y cada mañana, al alba, corre hacia el mar para probar el agua. Está salada.

Tawk es un filósofo porque, como cada niño y como cada filósofo, se sorprende con cada cosa; por la mañana, cuando pasea con su madre se ríe con los gatos que juegan entre ellos o con cualquier insecto, señala con su nariz hacia arriba las gaviotas que gritan sobrevolando las palmeras y los acantilados de la isla y se pregunta si sus sueños aislados que ve y siente ahí y en ese momento, le volverán inmutables al día siguiente. Se gira hacia su madre que, por el contrario, no está para nada sorprendida de todos aquellos movimientos, ni del comportamiento de su hijo, y se pregunta si esa madre es la misma que ha tenido cien, doscientos años atrás y también si es importante preguntárselo o si, en el fondo, no causa ninguna diferencia cuál sea su madre, siempre que sea una madre.

Tawk llega a la playa, y soltándose de la mano de la madre que aburrida lo acompaña, corre hacia la orilla. Se agacha, y se sorprende:

«También hoy el agua está salada.»

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