Seis minutos de pureza al día

 

Solo bailaba con la luz del amanecer, justo cuando un hilo de luz, el primer rayo del sol, se estrellaba sobre las cortinas blanquísimas del salón. Le parecía de soñar, había un halo etéreo que derramaba la habitación con las paredes blancas. Bach, suite para violonchelo solo, número cinco. La falda de la abuela Albertina sobre un vestido negro. Había comprado seis de ellos, todos iguales, uno para cada día de la semana, excepto por el Domingo. El Domingo lavaba a mano todos los seis vestidos. Su piel blanca reflejaba la luz del sol, hasta formar parte del mismo. Si alguien la hubiera visto, habría parecido un fantasma. Seis minutos de pureza al día. Esto fue el nombre que le había dado una vez, cuando había tratado de contar esta manía a una amiga suya. Durante esos seis minutos de virtuosismos melódicos, todo se hacía cándido a su alrededor. El mundo simplemente se convertía en la idea abstracta de “afuera” y casi desaparecía en las ondas sonoras del giradiscos. El sonido del violonchelo de Janos Starker que navegaba sobre el clásico crujido del giradiscos del Padre. Como si fuera un rezo, una meditación, un momento de paz suprema. Cada objeto que tomaba parte en aquel baile era sagrado y emanaba la luz del amanecer. Los machacos del hospital psiquiátrico de Sain Etienne nunca se habían atrevido a parar la magia. Cuando un nuevo machaco empezaba el trabajo, sor Geneviève empezaba la introducción a las costumbres del instituto exactamente con estas palabras: “Al empezar el amanecer, la señorita Lucienne se despierta, y baila, es un espectáculo consentido a poquísimos ojos. Le pido que no interrumpiera ni que molestara la señorita. Solo al final, puede tranquilamente despertar el instituto y servir el desayuno a todo el mundo.” Nadie se atrevió nunca a interrumpir el baile de Lucienne. Todo para aquellos Seis minutos de pureza al día bailando con la luz del amanecer.