Si eres gordinflón no puedes casarte

Cuando pedí a Alice que me casara, me dijo que no. Se lo pedí cuando ella todavía no sabía que yo la amaba, pero decidí hacerlo igualmente. Lo hice diciéndole que íbamos a casarnos a los pies del arbusto, ése grandísimo en el medio del campo detrás de nuestras casas, que en frente tiene un sendero, súper estrecho, amapolas altas y rojas alrededor.

Me contestó que su padre no quería, que éramos demasiado jóvenes, que ya era otoño y el arbusto estaba seco y cayente y que las amapolas ya no estaban.

Regresé a casa con la cola entre las patas.

Aquella tarde me consolé con un helado. Alice estaba también en la heladería con sus zapatos rojos y su padre, que no quería que nos casáramos. Con Alice estaba también Ludovico Cappelli, que le apretaba la mano y yo no entendía porque me había dicho que su padre no quería, que éramos demasiado jóvenes y que el verano había terminado y que las amapolas ya no estaban.

Entonces me acerqué a Alice con su falda azul y le dije que era siempre bellísimo ver su pelo color del trigo, pero que no entendía porque apretara la mano del otro. Ella me contestó que era porque si tenía que casarse de verdad lo habría hecho bajo un alto y esbelto álamo.

-Seguro no bajo un banal arbusto- añadí.

Ludovico Cappelli me miró de los pies a la cabeza, me aconsejó de mirarme al espejo antes de abrir boca y me dijo que yo estaba demasiado gordo, que daba asco y que esos como yo no pueden ciertamente casarse.

Por segunda vez regresé con la cola entre las patas.

Durante todo el otoño y el invierno deseé que llegara el tiempo cálido y con él la sequía para encender aquel maldito arbusto que me acosaba mirándome severo entre la soledad del campo detrás de mi casa.

Hacia la mitad del año pasó que Alice y Ludovico Cappelli se separaron: él se casó con otra durante el recreo. Lo hizo aquella vez que Alice estaba en casa enferma. Esta fechoría de todo modo no la convenció a caer entre mis brazos, sino cayó entre las ramas de Giorgio Resca.

Mientras tanto yo seguía siendo gordo, dando asco y no pudiendo igualmente casarme, pero empecé a notar que en realidad – ellos en el medio de sus líos amorosos – el recreo no lo aprovechaban mucho y así empecé a no hacerles caso.

Mientras que me atenía a los consejos de Ludovico Cappelli y me miraba al espejo antes de abrir boca el arbusto seguía estando ahí, gordo y torcido, en el reflejo delante de mí.

Quería pegarle fuego, al arbusto, también cuando no tenía más celos de Ludovico Cappelli y su nueva mujer y Giorgio Resca y Alice también. Me procuré la gasolina en el garaje de mi abuelo y el mechero en los pantalones de mi hermano. Un poco jadeante y con la boca llena de polvo me aventuré hasta la mitad del campo.

Pero luego he llegado aquí delante y siento el calor fortísimo que me quema el collo y hay un cielo tan azul que pienso que este arbusto en fin no es tan banal y que no tiene nada que envidiar a un alto y esbelto álamo.

En frente hay este sendero súper estrecho y hay del trigo que se ha vuelto dorado, secándose al sol. Tengo alrededor un montón de espigas del mismo color y las más bajas me pinchan los brazos. Aunque todo está seco y hay polvo en cualquier lugar hay las amapolas, altas y rojas, que lo acarician.

Y es así que al final ese arbusto no me parece tan mal.