Desembarque                                                     

“¿Pero què le pasa?”

Aquella mañanan las olas se movían apenas arriba y abajo, dejandole posar su cabeza sobre las tablas calientes, sin ningun peligro de posibles golpescobardes o arritmias. Con las orejas apoyada conseguía oír los ruido recogido por el mar y sacado por la madera: una lancha, los remos que movían el agua, las piedras lanzadas por su primo.

“Son todas rabietas”

Los otros podían pensar también que él cerrase los ojos.

En cambio, eran abiertos, y todo lo que conseguía ver estaba comprimido entre el borde blanco de su gorra y el margen de la proa: la línea entre mar y cielo, el verano que había vuelto, las olas contra el casco, el sol que apretaba contra el barco y toda la rabia que había tenido.

“¡Ven a ver, hay un puñado de sargos justo aquí abajo!”

Quería seguir siendo enfadado. Aún más estaba a lo suyo, porqué mostrarse ofendido significaría renunciar a ver los sargos.

“¿Puedo darte un poco de crema?” – su madre.

Quería que insistieran invitandolo a la rendición, así que podía seguir castigandolos rechazando. Quría sentir el vértigo de aquella rabia que le crecía en su estómago: un desprecio para todo y todos y al mismo tiempo una extrema ternura para los que eran ofendidos por su rabia.

“¿Quieres mi caña de pescar?” – su tío.

A través del silencio, quería provocarlos y obligarlos a arrastrarse delante de él y discuplarse... ¿pero de que?

“Dejadlos, son sol rabietas”

Y la irritación crecía, porqué era la verdad: eran solo rabietas. ¿Qué estaba mal? El dibujo que no había salido bien la noche antes? El miedo que tenía todavía del agua alta? O su primo, que era más fuerte que el?

Sabía que exigía discuplas para ofesas que no había recibido nunca.

Como podía pararse ahora? El orgullo que lo puso sobre su estómago en la proa era alto como un hombre y no lo dejaba volverse.

Empezaron a salir lágrimas, las que salen incluso sin hipos.

“Perdoname si antes he insistido para que te lanzase” – su madre, todavía.

Sentí un cariño tan agudo que le pareció increible que él mismo quiso provocar esa mortificación.

Todo se mezcló: el borde blanco de su gorro coincidió con el margen de la proa, el mar colmó en el cielo y el verano se dividió en mil brillos. Cerró los ojos y todo brilló contra su párpados, pero siempre con menor fuerza, debilitandose y deformandose, hasta apagarse en un largo sueño.

El impacto de un remo contra el costado lo despertó de repente. De un tirón dijo: “¡Soñe que me lanzaba, pero no en el agua, sino en el aire y nadaba como una rana y volaba cada vez más alto!”

Sonrió por la manera en que su madre sonreía y demasiado tarde se acordó de cuanto quería ser enfadado.

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