Satélite

Cuando ríe, todo en él ríe: sus ojos, su rostro, sus manos.

Luego sus manos, dedos largos y finos, me recogían y me englobaban, me acariciaban. A veces me golpeaban fuerte, pero solo por un momento. Después volvían a reirse.

Siempre soy yo quien lo despierta, demasiado tarde por la mañana. Intento esperar lo más posible, pero a menudo no logro retenerme: verlo inmóvil me preocupa. Lo quiero. Soy su madre, su amiga, su hija, soy suya. Él, en cambio, no le pertenece a nadie, es un niño caprichoso. Cruel e indefenso, aún lleva en sus ojos la sombra de la primera deslealtad que padeció. Y a pesar de eso, él también promete, olvida y decepciona.

Esta mañana se ha levantado temprano, lo he observado mientras se afeitaba, en silencio y apartándome un poco. Sus manos centradas en gestos lentos y precisos dibujaban un hechizo habitual, quebrantado de repente por el detestable perfume de la loción para después del afeitado, que siempre se difunde demasiado intensamente y de manera innatural, cubriendo por completo su verdadero olor. Es todo lo que se queda conmigo en la habitación, mientras él se va, quién sabe adónde. 

Y quién sabe si va a volver, ya no me pide que lo acompañe. Demasiado trabajo, demasiados pensamientos: lava al niño y sus sueños junto a la espuma, pone su cara de indiferencia, me da una caricia, sonríe: “Hasta luego, guapa”. Y se va. 

Una vez volvió con una chica. No era guapa, pero había algo en ella que no me permitió odiarla. Tenía una mirada clara y leve que, al fijarse en la tuya, te daba ganas de contarle un secreto. Aquella noche la evité. Pero la mañana siguiente fuimos juntas al parque aquí cerca. Ella y yo. Tal vez quería disculparse por haber dormido con él, tal vez intentaba solo caerme bien, a pesar de todo. Tal vez, como yo, simplemente no podía quedarse allí, mirando sus ojos cerrado, imaginándose los sueños donde nunca le permitiría entrar.

Fue bonito. Casi me había olvidado cuanto me gustaba el aire frío de las primeras horas del día. Sí, me acuerdo: volvió su cara hacia mí – con una mirada de desafío, afilada como un cuchillo – y luego, sin hablar, empezó a correr. Como una niña, jugando a hacer el avión con sus brazos abiertos. Era encantadora.

Le di un beso, cuando acabamos la carrera. Tumbadas en la hierba, ambas casi sin aliento. Lamí su mejilla izquierda, sabía a cerezas. No se secó la cara con la mano. Le sonreiría, si solo hubiera sabido como hacerlo.

Una vez en casa, se despidió, diciéndome que se iba. Dejó una nota. Ni siquiera intentó despertarlo. Por último, estrechó mi morro entre sus manos, acercando su cara, su nariz frente a la mía: “¡Adiós guapa! Muérdele a tu amo, de vez en cuando”.

Nunca volví a verla.

 

Hasta hoy me pregunto qué dejó escrito en aquella nota.

 

“Ni un beso, mi querido M.,

contigo hasta esto es una pequeña desilusión,

para evitar posibles ilusiones futuras.

Cuando, bueno, son justo esas que merecen la pena, ¿sabes?

Puedes amar así, si quieres. Eliges tú.

Pero yo amo a quien ama sin economía de emociones, incluso sin prudencia. Como Luna.

Tienes que aprender de tu perra, que sabe oler el viento y besar cuando llega el momento.

Adiós,

A.”  

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