Ruido

 

Todos estabámos allí.

No me acuerdo del nombre del niño que llegó último, tenía las sienes llenas de sudor, después de haber corrido desde la iglesia hasta el sótano de Michelino. Me recuerdo que podía ver perfectamente la gotitas de agua pegadas a su piel...pero no me acuerdo de su nombre.

Ninguno de nosotros sabía el porqué, pero Michelino gozaba de una libertad inusual para un chico de 12 años. No que fuera tan importante: cuando somos pequeños, no importa mucho la razón por la cual los acontecimientos ocurren; sólo necesitábamos un lugar donde podernos refugiar del silencioso gris del pueblo, y aquel sótano era perfecto. Cuando el niño sudado entró, Michelino se levantó para controlar que los viejos de la plaza no miraban hacia el sótano. Era el mayor entre nosotros, y por esto era animado por un raro sentido de responsabilidad. Cerrada la crujida puerta se giró, respiró con profundidad, con una expresión preocupada; al verla, no parecía una compañía valiente ni fuerte: el último que había llegado, Albi, sentado sobre el arcón podrido, con las tenazas de su padre entre las manos, y finalmente yo, sometido por último a su mirada, con el explosivo remedio que el mismo Michelino me había pedido de hallar y conservar dentro de la bolsa de papel que tenía apoyada en el suelo.

Michelino no dijo nada, ya nos había explicado lo que teníamos que hacer y no necesitaba repetirlo, el tiempo es bastardo cuando es poco, y arrogante cuando es mucho. Hizo una seña con la cabeza y nos levantemos todos, pronto salíamos de la puerta del plan superior de la casa, porqué teníamos que evitar la plaza. Cuando fuimos fuera, miré detrás de la casa de Michelino, se podía vislumbrar la iglesia, una grulla de pesca sobre uno de los barcones y la estatua que domina la plaza. Pero Albi me empujó porqué Michelino y el sudado se habían alejado a lo largo de la pequeña calle vacía.

Vacía y silenciosa, como lo era siempre.

Nosotros tres, los más pequeños, teníamos poca independencia, y nuestros padres se alarmarían dentro de poco, Michelino lo sabía y llevaba el paso rápido tras los callejones menos concurridos, hasta que se paró delante de una red metálica, el carcado del faro. De prisa Albi hizo su parte, utilizando las tenazas para abrir un pasaje, Michelino lo dejó abierto mientras que pasabamos hasta atraversar él mismo el confín de la red; en cambio, el sudado se quedó allí para montar la guardia. Algunos metros más y aquí estámos, delante del viejo faro, ya sin guardiano desde hace años. Entremos y la angustia se hizo apremiante, así como la alcochada ausencia de ruidos, no hablábamos. En nuestro pueblo dominaba el silencio y los habitantes sentían un odio visceral hacia los ruidos; los mayores decían que alejaba el pescado, pero la mayoría de la gente simplemente no estaba acostumbrada a los sonido distintos de los provocados por barcones, homilías y redes para la pesca. Tampoco soportaban nuestros gritos cuando correteábamos, como si al oír la voz de los jóvenes, se abría en sus vitas el rasgón de una existencia distinta, sin gris, sin aquella regularidad agobiante.

Llegados a la cima, Michelino abrió de repienter la pequeña puerta, que llevaba al salón del faro, obscura como el resto, excepto por una luz que filtraba por una de las ventanas que daban a la balaustrada externa. Estaba rota, Michelino me miró, diciendo “Ahora”. Asentí y salí, con la sensación de ser un héroe de los antiguos poemas que está a punto de afrontar una impresa épica. Afuera me puse sobre mis piernas, delante de las orillas grises del mar, que fluctuaban como una eterna admonición, el pueblo estaba a mis pies. Todo gris, todo callado.

Luego, el improviso “Llegan” , gritado por el sudado, me sacudió y me estimuló, tomé el bolso de papel, el viento me desordenaba y me desestabilizaba; a pesar de la agitación quité el cilindro de cartón espeso y pesado por su contenido compacto y polvoroso. De prisa tomé el paquete de fósforos. El primero se cortó, ví el sudado que estaba delante de la red, tomado por el morrillo por uno de los adultos. El segundo tomó fuego, gracias a que justo en ese momento bajase el viento. Puse la flamita en la larga mecha que partía desde el cilindro, se libró un chisporroteo y la apoyé sobre la balaustrada, volví de prisa adentro y Michelino, Albi y yo asistimos al espectáculo más fulgurante de nuestra niñez: una vez se quemó la mecha, desde el cilindro partieron haces de luz hacia lo alto, cada uno seguido por un reventón... y vamos con uno, dos, cinco, diez haces y diez golpes. Nunca estuvo un tal ruído. Era surreal y distinto. Prohibido, hermosísimo.

Una hora después, estábamos al centro de la plaza de la iglesia, bajo la mirada ambiguamente dura da la estatua, recibiendo los golpes de castigo, impartidos por los mayores. No recuerdo haber llorado tanto por la humillación como en aquel momento.

Hoy, 25 años después, bajo la misma estatua gris, observo su ambigua mirada y me río. Me río como un niño porqué ya no parece dura como en el pasado, casi sonríe, como si hubiera sido alegrada por los colores y los ruidos.

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