Golondrina

Hace cinco años que no escribo.

A veces las palabras correctas no saben cómo salir, se me paran en el pecho, en el medio entre la boca y el estómago, entre la boca y el corazón, obscuros guijarros, contornos difuminados.

Aquí ha llegado la primavera. Ha demorado tanto en llegar que no me importa más, no la veo más. El corazón ha parado de pasar frio, tienes que acostumbrarte y ya. No se hace tampoco mucha fatiga bien considerándolo, hay que aprender como dejarse sólo rozar y no rasguñar, pegar, derribar. Funciona siempre, soy fuerte ya.

Pero cuando el hechizo violentamente se asoma entre la monotonía de mis días, no logro controlar las reacciones, las sensaciones, mi mente, mi cuerpo. Quiero decir, la mía, la tuya, la nuestra es una vida desde siempre hecha de coincidencias, de encuentros, de choques, de amor - y cuanto amor -, de dañarse – y cuanto daño -, pero todavía hoy, después todo este tiempo, logro maravillarme como los primeros días, con lo quilómetros contra. El mal desaparece dentro del mar.

Hoy es el primer día de verdadero sol, el primer día de sol desde cuando te fuiste de aquí, una vez más; desde cuando, siguiéndote con la mirada más allá del vidrio hasta que no desapareciste detrás aquel sucio aeroplano, he tenido - TENIDO – que recoger todas las lágrimas, tragarlas y volver a la vida de todos los días, todos los días en los que no estás conmigo: vieja película mirada demasiadas veces ya, y cada vez es como si no la hubiera nunca mirado de verdad antes, trenes desquiciados, vuelos en retraso, metropolitanas ruidosas y autobuses amarillos – la vida que hemos elegido.

Estaba leyendo el libro de poesías que compré al parque aquel domingo por la mañana, y levanté la mirada, mareada por los pensamientos, y lo vi: estaba ahí, rozaba el hilo del agua con el pico, era él, lo sé. Lo hemos visto el verano pasado, aquella tarde que fuimos a la loma para coger las margaritas más tristes, para salvarlas, me dijiste, hacerlas resplandecer otra vez; y acabamos haciendo el amor hasta la noche casi, en el medio del césped oliente y los pinos amarillentos (amor, despacio, amor); y había aquel árbol, un fresno me parece, que escondía a la mirada casi todo lo que tenía a las espaldas como el solitario cerro de Leopardi, y ahí encima, posado, él, blanco, rectocomo una flecha, manchas color ceniza sobre todo el cuerpo, ligeramente más visibles alrededor de los ojos, que miraba absorto el mar, el azul. “Pero mira, ¡se parece a una golondrina!” – pero que estoy diciendo, que tonta, no es una golondrina, porqué diantre tengo siempre que nombrarla -, y tú, serio, sin descomponerte, cogiste mi cabeza entre tus manos y respondiste: “No. Tú eres mi golondrina.”

Ha llegado aquí, quizás como ha hecho. Me levanté, él con los ojos hurgaba alrededor, entre los rododendros, dentro del canal relleno de agua sucia, pero no encontró nada; me preguntó, y yo le contesté: “Está aquí sobre de mi. Está aquí dentro de mi”.

Las golondrinas en otoño se vuelan, no es justo constreñirlas a quedarse, encerrarlas en jaulas, no se puede negar a ellas la libertad de remontarse en el aire, negro sobre cobalto: este es sus destino, y tú la has dejado ir y ella siempre vuelve.

Y lo sé que lo sabes, que antes o después vamos a volar juntos. ¿De verdad importa dónde? Lo sé, lo sabes. Lo sabemos. Es bastante.

¿Puedes sentirme? Yo te veo. Yo te siento. Eres tú.

Vienes, sálvate tú también, salvámonos juntos. Confía en mi. Aprende a volar. SIGUE ESTA TUYA GOLONDRINA.

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