Re-subir

“No puedo volver a la playa, la torrecita se quedará vacía. Un ojo ciego sobre el horizonte”

Subir había sido una victoria, ganar el miedo de la altura, pero la necesidad y la adrenalina me habían convencido.

“Me verán? No, casi está obscuro y de aquí en invierno no pasa nadie.”

Ahora en cambio es un fluir continuo, en lejanía un murmullo sumiso, gritas ahogadas. El mar está calmo y su ruido no las supera. Al principio pensaba fueran delfines y sus lenguaje misterioso, luego entendí que eran otras criaturas.

Habían todavía las huellas del los neumáticos, lineas concéntricas, daban un sentido de claustrofobia óptica. En un lugar abierto, donde el único obstáculo era el horizonte, ella se había sentido aplastada, en trampa. Hacia el mar, (lo había pensado), pero había visto en muchas películas que quien huye hacía el agua a menudo acaba solo con el ahogar, y ella sabía nadar como cualquiera. Flotar sí, pero nada más, no habían seguridades ni puntos de apoyo a los que agarrarse.

Él le había dicho que habrían ido a dar una vuelta hasta la playa, habrían estado otros amigos, ojalá una hoguera.

Al mirar ahora la arena puedes hallar ahí dentro un dibujo, más o menos como cuando de pequeña, en el mármol de los pisos de casa, ella imaginaba caras y perfiles.

Se la había encontrado hasta dentro su boca: él la había agarrado por el pelo y empujado hacia el bajo, ella gritando por la sorpresa había tragado arena y luego la tos, casi las convulsiones. Huir, después del primer momento de terror, huir, pero ¿dónde?

Él ahora está de pie con las manos en los bolsillos y ríe.

Reía. -Dale, ¿te has asustado? Era una broma-. No lo era de nada. No había acabado de pronunciar la frase que a la risa se había superpuesto otro ruido, un fragor que aumentaba de intensidad. Eran unos motociclistas, aquellos raros con las orlas y las motos americanas.

“Estoy acabada” había pensado. Chaquetas de piel y cadenas.

Pero no era ella que querían. Lo habían rodeado, había desaparecido la risa de la cara del pijillo, ella había huido, no lo había visto más, en los ojos las imágenes de las alas impresas en las chaquetas.

Desde la altura el mar y la libertad, los miedos se deshacen como la sal. Se quedan al hondo.

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