Regiones Contiguas

Los ojos de mi hija me están preguntando si todo esto es realmente necesario. No tienen el silencio de una oración resignada, ni el ruido de una protesta. Misia no es ya una niña obediente aunque tampoco es una adolescente rebelde todavía. Ahora que estamos a punto de subir al tren que nos llevará a la estación de Santa María Novella se da la vuelta como si todavía tuviésemos tiempo de volver atrás. Su mirada me deja una pregunta que el sentimiento de culpa la transforma en un estudio retrospectivo. Aquella manera de observar y catalizar la atención de los demás, un movimiento que en conjunto es natural y minuciosamente estudiado, me recuerda terriblemente a Lidia. Este pensamiento me lleva repentinamente a las tardes en el colegio. Me doy cuenta que los indicios de mi futuro divorcio de Elena se pueden reencontrar allí.

No es una condena que los ojos de mi hija, la criatura más pura y libre del mundo, no me recuerden a mi mujer y a mis proyectos, pero ¿es otra mujer nuestra utopía?

He tomado la decisión de casarme casi sin darme cuenta. Elena estaba dispuesta a sacrificar su vida por seguir el ritmo de un médico con horarios imposibles. No estaba muy enamorada de mí, estaba y está absorbida por la máscara de un hombre maduro, con la cabeza sobre los hombros y un trabajo envidiable.

Lidia se habría reído de mi seguridad y me habría hecho avergonzarme de vivir una vida tan tranquila.

Esos ojos me recuerdan a aquella tarde del 97, cuando estaba estudiando para el último examen de matemáticas. Me estaba preparando el examen de graduación, ridículo juicio divino, sin pensar en la importancia que tenía el camino recorrido hasta la fecha con respecto al peso de aquel estudio que no abarca pero aproxima. Aquel día salía el álbum de Subsónica. Imagino a Lidia que me aguarda delante de la escuela, espera que mi retraso esté justificado por la compra del CD; visualizo su pose y su sonrisa, después tengo delante de mí sus ojos fríos que en el transcurso de unos segundos se alejan para siempre, y descosen los bordes de nuestra encrespada relación. Era inmaduro para ella, y esto bastaba para frustrar la madurez conseguida con la máxima nota.

Si hay una característica que creo que puedo atribuir a aquella mujer sin caer en la banalidad, es la intensidad: hablaba con un desconocido con la misma intimidad que reservaba para las personas más cercanas, elegía las palabras como si estuviese tejiendo tela. Esta Penélope de relaciones humanas deshacía cada noche los intricados bordados de nuestra jornada para prepararse para tejer las tramas de los días siguientes, purificados por el peso de las expectativas. Siempre he pensado que no fuésemos solo amigos, pero al mismo tiempo me daba cuenta que no conseguía entender su complejidad. No estaba listo para un amor difícil. No conseguía apreciar los detalles que ella me ofrecía intensamente. Y sin embargo sé que detrás de su imperturbabilidad habría hecho cualquier cosa por recibir un poco de mi atención.

Pero yo siempre voy de frente.

Me encuentro a Elena en una fiesta, cuando está a punto de graduarse en Letras. Me doy cuenta de inmediato de lo fácil que es estar cerca de ella, simplemente porque ella siempre está ahí.

Nos casamos, naciste tú, Misia. Tienes el nombre de una antigua región del norte de Asia contigua a Lidia… pero esta es otra historia.