Pupilas gustativas

Por fin, creía estar hecho ya todo un hombre; luego, puntualmente, pasó algo que hizo vacilar mis convicciones. Como aquella vez que volví a saborear, después de mucho tiempo, la lasaña de mi madre: entre una capa y otra se escondían compactas todas mis dudas y el ragú, mezclado con sabiduría con la besamel, se convertía en la clave de un equilibrio que yo mismo o cualquiera que estuviese a mi alrededor alcanzaríamos con dificultad. De niño era un observador muy atento. Unas costumbres se cronifican: por eso, me gusta mucho viajar en tren, me parece un buen modo para reflexionar. Vagón 12, el último al final del tren, asiento a lado de la ventanilla y rumbo a Palermo. El aire acondicionado es tan fuerte que nosotros, los pasajeros, parecemos filetes de caballa alineados en la estantería, la mujer sentada frente a mí, con su base de maquillaje, parece incluso empanada; antes de partir me había pedido cambiar de asiento, porque de espaldas al sentido de la marcha iba a vomitar; enseguida le dije que sí, quería hablarle lo menos posible.

Y así veo los paisajes alejarse. Los rayos del sol que hienden la ventanilla me acuerdan la luz que huye de la fotocopiadora: escaneo cada imagen que aparezca delante mis ojos. Llevamos ya dos horas viajando. Voy a Palermo porque esta noche el catering que dirijo tiene que organizar un refresco en el antiguo palacio real, el Palazzo dei Normanni, aunque me hubiera gustado más ir a tomar cervezas y comer tripas, perdiéndome entre los olores del mercado de Ballarò.

Este maldito tren se para en todas las estaciones; superando enormes hileras de árboles de almendras, se para pitando, luego vuelve a partir, avanzando a tirones, cruzando las vías como una cuchilla con el filo embotado. El sol, mientras damos la vuelta a una colina, pasa encima de nuestras cabezas para volver a aparecer al final del vagón y, por fin, desaparece. La voz de la mujer sentada delante de mí quiebra el silencio: “estamos en el túnel, ¡es mi parada!”. Entrando en el corazón de la montaña, los fulgores del néon, que parpadean con ritmo al interior del vagón hasta dilatar sus distancias, reemplazan la luz del sol, mientras nuestra marcha ralentiza.

Justo bajo los plafones un chico, bastante ágil según parece, salta los molinetes de la estación, luego corre – quizás quiera ahorrar el dinero del billete. Continúa como si tuviera fuego en los zapatos y alguna otra razón para agitarse así; se le solta el pelo – es una chica. Mueve sus piernas para trepar por un pequeño muro: el andén ferroviario parece su hábitat, percibe con cuidado las distancias, ayudándose con los brazos en suspensión casi roza un banco y, torciendo el tronco, siempre sabe donde apoyarse, en cada momento. Es dueña del espacio, hace lo que quiera. Ojalá la mujer de antes tuviera la misma habilidad para maquillarse. Ahora la veo bajar del vagón y acercarse a la chica que sigue rebotando, parece un muelle descontrolado. Se entrena en el Parkour, un deporte muy común en Francia en los años en que estudiaba en la academia para chefs. La palabra francesa significa “recorrido”, dicen que es el arte de poder moverse con soltura y eficacia en cualquier situación te encuentres. El recorrido es también mental, y exige autocontrol y dominio de uno mismo. Ahora, las dos mujeres desaparecen entre los ritmos del néon, el túnel permanece en su sitio y en su interior estoy yo, en mi tren, con mis obligaciones que bien me gustaría desviar, la náusea de la mujer mal maquillada, la iperactividad y la luz artificial. Busco el olor del ragú de mi madre que reclama conciencia, control y el justo tiempo que dedicarse.