Puntos de Vista

Perezosamente se revolvió en la cama. Miraba, trás sus pestañas, el polvo iluminado por la luz que entraba desde la ventana. Aquel polvo volaba placidamente, inmune a las leyed de gravedad. Mejor, volaba tan lentamente que le parecía casi como fijada en el aire. Le pareció que el tiempo se había parado: sentía distraídamente la inmovilidad de la habitación a su alrededor y se fijaba en la inmovilidad del polvo.

Pero el tiempo no se había parado y, terminada aquella breve reflexión, oyó el agua fluir detrás de la puerta: se quedó escuchando por algunos momentos.

El hombre en la ducha apagó el agua y, después de un breve momento de alivio del bochorno, que ya hacía el aire insoportable, tomó una toalla, salió del cuarto, miró hacia ella, tendida en la cama, y sonrió, convencido de que todavía estaba durmiendo: le careció la idea de despertarla y se le acercó, cuando una mosca cruzó su campo visual.

Irritado, la desechó con un gesto de la mano.

La mosca entró en el cuarto, pero la fuerta humedaddel aire la molestó.

Sentía sus alas pesadas. El vapor era sofocante. Una brisa hizo que se moviese: pronto el insecto se volvió hacia la ventana bien abierta en el cielo de las siete y media de la mañana y voló en la calle, pasando rapidamente trás la gente que, todavía adormecida, se arrastraba. Quien hacia la oficina, quien hacia el lugar de trabajo, quien hacia no se sabía que, se arrastraban y nada más.

Lo mismo hacía la mosca que, pasando por las calles y por el norte de la ciudad, seguía impertérrita un olor que la había atraida. Tomó la metro, esperó con paciencia, siguió volando por horas y horas y llegó a su destino. Se apoyó ávida: sus patas se pusieron sobre la carne blanda del cadáver, mientras que otras moscas empezaron a alejarse de aquellos dedos rigidos, azulados, de muerte.

Una mano enguantada se acercó a los insectos para desecharlos, pero volvían el doble para ponerse sobre el cuerpo sin vida de la chica: el agujero del proyectil se encontraba perfectamente en el centro de su frente blanca, mientras que su rostro estaba forzado a una posición que la veía pedir el perdono divino, arrodillada trás la raíces de aquel grande árbol, el cuello innaturalmente plegado hacia atrás, las manos unidas, todo sostenido por un pesado hilo de fierro.

El hombre delante de ella inspiró profundamente mientras embrazaba la cámara. Se arrepentió en seguida, siendo el aire impregnado del olor inaguantable de la descomposición, ya en estado avanzado por el calor. Su cara disgustada se nascondió detrás de otros pensamientos y distracciones, para no hacerse golpear otra vez de lo que estaba mirando.

Mientras tanto, detrás de él, la cinta naranja que delimitaba la zona fue levantada por la mano temblorosa de un hombre, ya cargado por el peso de la camiceta llena de sudor, que no podía soportar también el peso de la escena que había delante de sus ojos: nunca había visto nada parecido. Quiso dejar la científica hacer su trabajo.

Se acercó al coche, abrió lo puerta, puso en marcha y se alejó más rapido que podía.