Por La Última Vez

 

"Chaval, viertame más whisky y la contaré, por la última vez." El garzón, con extrema funcionalidad, había preparado lo requerido y se había apostado cómodamente, listo para escuharla otra vez, para creerlo otra vez. "Era el ’43, trece de julio, y en Catania habían unos cuarenta grados, aunque bajo las uniformes parecían el triple. Me acuerdo exáctamente de la bajada. El paisaje de Algeria era muy distinto de nuestro, parecía que al sur no estaba el mar, una tierra inmensa." Era la única história que tenía pausas, durante las cuales apoyaba su cigarro a los labios y tomaba una grande boconada, como para aspirar los recuerdos. "Estábamos acosados, después de dos días de lucha dura; mientras que yo y Vito, finado, dábamos una batida, los árabes habían sorprendido a nuestros commilitones, intimándolos a la rendición."  Al llegar a esta parte, siempre batía el puño adondequiera farfullando insulto, generalmente racistas. "Pero yo y Vito teníamos un objetivo. Pase lo que pase, teníamos que hacer sáltar por los aires la base,  para llegar a El Carruba, donde nos habrían reconducido a Italia. Pero antes, teníamos un trabajo sucio que hacer. En aquellos tiempos, chaval, la situación era distinta, no habían todos los árabes y los comunistas de hoy, nosotros luchábamos para la Italia y para los italianos, mientras que ahora sois todos tan chochos. Y nosotros también lo somos.  De toda manera, después de tres días y tres noches de marcha, estábamos allí delante, Vito Procida y yo. Dos días enteros sin comida ni agua, solo píldoras de anfetamina, todavía tengo una, la llevo siempre en mi bolsillo." Y este era el momento en que quitaba la píldora del bolsillo interior de la jaqueta y la dejaba caer sobre la barra, aunque nadie sabía atestiguar su autenticidad. En su bolsillo llevaba siempre una píldora, y esta era ya una prueba. "No teníamos ninguna idea de como entrar en el interior de la base. Así que tuve la idea: el caballo de Troya.  Había un pueblo a unos quince kilómetros de la base, y si hay algo que todos los militares saben es que en los publitos cercanos a las bases militares hay una cosa que no puede faltar: la prostitución."

Y empezaba a reir socarroneamente. <<Hiciste el servicio militar, chaval? Tendrías que probarlo! No se pasa mal.>> guiñando. <<Vito se defendía bastante bien con el francés, así que convencimos doce putas a trabajar para nosotros para toda la noche, y por solo 70 liras italianas! Hubieras tenido que verlas! Tendrían que tallar una estatua para nosostros en plaza España por nuestra temple moral!>> Otra vez imprecaba contra aquellos árabes bastardos <<Pero los llevemos por la calle de la amargura! Entremos todos, nosotros y las putas, disfrazados de conejos rosas!>> En este punto todos empezaban a reirse <<Era uno de los disfrazes utilizados por las chicas en sus espectáculos. Y de toda manera,  funcionó! Entremos en la base y, después que los soldados se habían divertidos y adormecidos, le hicimos sáltar todos por los aires! Diez cargas de dinamitas cada uno, veinte entre mí y Vito. Luego nunca lleguemos a El Carruba, capturados y deportados otra vez a Loreto, y puestos en libertad gracias al armisticio>>. Normalmente ahora intentaba desaparecer de la escena de manera agradable, siempre distinta. Aquella vez había acabado el whisky, apoyando el vaso vacío sobre la barra, suspirando el último trago. << Aquella vez aprendí a no confíar en las personas disfrazadas de conejos, especialmente si son rosas.  Recuérdalo, chaval!>> Entonces se llevaba otra vez el cigarro a la boca y, arreglandose el sombrero, salía del bar. El silencio consternado que dejaba esta história estaba a la par con las risas que seguían en los minutos sucesivos. Todas la veces que contaba su história. Nunca confiar en las personas que se disfrazan de conejos, especialmente si son rosas.