Paralelas

Cuando era pequeño, solía andar encima del borde que separa dos series de baldosas. Seguía con una pericia ejemplar aquella línea sutil sin dejarla nunca más. “Es normal” decían, “Son cosas de niños”. “Se inventan mundos extraños”.

Sin embargo, creciendo aquel hábito no se había ido así como todos los caprichos de infancia. Andaba por las líneas imaginando la embriaguez de la inestabilidad que le habría provocado el hecho de andar encima de un hilo. Tenía los brazos en perfecta línea recta con las espaldas, la mirada clavada en el suelo. Fantaseaba sobre todo lo que lo rodeaba, sobre aquel nada que percibía fuera del espacio desdichado debajo de sus pies. A veces intentaba desequilibrarse con el fin de estudiar el efecto que provoca el miedo a caer. No era lo mismo que andar sobre una roca. En aquel caso un lado esconde el abismo y el otro lleva a la salvación. No. Él andaba sobre un hilo consciente que ambos bordes eran igualmente peligrosos; este sentido de simetría en cualquier caso lo satisfacía. Cuando se paraba levantaba la mirada. El mundo lo sorprendía siempre en maneras diferentes, estaba constantemente disconforme con sus expectativas. Las personas corrían sobre las baldosas desentendidos de aquella línea que él contrariamente sentía que tenía que seguir. Él las envidiaba. Ellos sabían hablar, andar sobre el vacío sin advertir el miedo de nada. Entonces Él decía a sí mismo que quizás podía hacer todo lo posible. Bajaba la mirada hacia su cuerpo y se recordaba que, en el fondo, era igual que ellos. Dos manos, dos piernas. Una cabeza. Levantaba un pie y lo elevaba encima de una baldosa. Nunca llegaba en apoyarlo: el pánico lo poseía. El sentido de vértigo empezaba por las orejas hasta infiltrarse en el cerebro. En su cabeza gritaba a voz en cuello, pero nadie podía oírlo. Nadie tenía que oírlo. Pronto volvía a poner el pie sobre la línea y volvía la mirada abajo. Se quedaba inmóvil hasta cuando aquel sentido de inestabilidad no lo dejaba totalmente, y, solo en aquel momento volvía andando. Cada vez era una derrota. La gana de salir del recorrido y alcanzar los otros lo atropellaba, pero la impotencia era siempre más grande.

Un día pasó algo inesperado. En el suelo, donde el horizonte de su mirada se paraba, una luz extraña se asomaba desde un lugar que parecía no haber estado allí hasta aquel momento. Decidió juntar las fuerzas, dejar atrás el miedo y desafiar lo desconocido. Quizás esta era la fija, podía lograrlo. Pocos pasos y se encontró inundado de aquel nuevo descubrimiento, envuelto de los rayos resplandecientes e impalpables.

Se paró para levantar la mirada y el mundo lo sorprendió una vez más, pero de una manera que nunca habría podido imaginar. Pocos instantes y se dió cuenta que aquel paisaje pertenecía a un recuerdo lejano, arrojado en los abismos de su infancia. Habían tan detalles que mirar, sentir, oler: perfumes que encuentran espacios nunca borrados en su memoria, sonidos que hacían vibrar cuerdas dejadas inmóvil para demasiado tiempo. Más allá de sus pies la línea se paraba dejando espacio solo al desorden del mundo exterior y a aquellas sensaciones que despiertan en su mente restos ancestrales de un pasado ya perdido para siempre. Había sido un periodo, tenía que haber sido un periodo, en el cual todo era diferente. Por la primera vez experimentó un sentido de ajenidad hacia aquel mundo en el cual se obstinaba a encerrarse. Faltaba poco para dejarlo. Un paso y su universo habría sido subvertido para siempre. He aquí que todo terminaba, se desvanecía, mientras se planeaba lejos de tierra, sostenido por brazos más fuertes que él. La luz desaparecía y regresaba la penumbra y regresaba el miedo.

 

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