Ahora que estás en el azul

“Ahora que estás envuelto en el azul, no sè donde buscarte.”

Santi y Monica se conocieron en una de las muchas tardes de verano en que las rondas de las olas, marcadas por los impactos con las piedras, hacían banda sonora a los ultimos chapuzones al atarceder. Indiferentes, cada uno con su compañeros, cada uno con su risas.

 «Me miraste, y todavía eras tan lejos de mis ojos que aún no sabía imaginar con precisión las facciones que serían la cuna de mis dedos.»

Gritaste contra quien, con un poco de agua, había molestado tus ojos tan claros; yo oí, me dí la vuelta y en aquel exacto momento – a lo mejor fue una coincidencia – los reabriste, fijos sobre mí.

Este planteamiento me molestó, tan insistente, prolongado, y mirè hacia Sara, que se había dado cuenta de mi temporal ausencia.

Terminados los baños, terminada la luz, solo se quedó el calor de la arena a secar los cuerpos de quien, con tanta vida, había gritato contra el mar y había gozado de sus reflejos.

Llegó aquel momento de silencio, la hora en que toda la natura se descansa y se dobla mientras que la marea avanza; nos quedemes solos, entre los escalofríos de los bañadores aún mojados.

Te acercaste

«Hola.»

«Hola.» - Contesté - «Te cegaron de bienh hoy, tienes todavía los ojos rojos!»

Hize una breve risa.

Reíste tu también.

«Nah, pero al menos sé que ha servido de algo...»

Siempre te pusiste arrogante y un poco osado cuando te encontrabas descubierto, desnudo delante de tu orgullo; pero bueno, tu estabas convencido y decidiste tu de mí.

Nos intercambiamos frases breves, lo suficiente, para mi, y no supe decir otras cosas que: «Es la hora de volver a casa.»

¿Por qué ya no te besé en aquel momento? Está claro, ahora, que no deseaba otras cosas que tus labios.

«Sí, tienes razón... sábado encendemos los fuegos de San António, espero verte allí.»

Ya me había ido.

Los días que siguieron fueron llenos de miradas a distancia, momentos de silencio, escalofríos al atardecer, medias palabras, pero cada atardecer te acercabas un poco más... Ah! ¡Que tonta!, ¿Por qué no te he traido conmigo ya? En este rincón donde el mar se convierte en oxígeno, donde su azul inunda las piedras y la piel se convierte en brisa, aquí, donde habría querido tocar por primera vez tus labios, quedarme en tus ojos, en nuestro lugar.

La noche antes de los fuegos me dijiste: «No dejar de mirarme, aún marchándote, deja tus ojos a los míos, es tan bueno quedarme inmerso dentro de tí.»

Te besé, no lo hize especial, tu lo hiciste único, no eran mis lugares, eran tuyos y todavía vuelvo allí para olar el aire. Después de aquel beso te pedí perdón, no quería... tonta... Por supuesto quería, pero te dejé con la idea que entre nosotros nunca podría pasar nada.

«No nos veremos nunca más, te he engañado, perdón, soy un desastre.»

Intentaste perseguirme y estaba ya llorando, me liberé de tu abrazo y tu me dejaste, ¡Que bueno eres!

La noche siguiente fue a los fuegos, esperé encontrarte entre la oscuridad y el brillo de los fuegos, rezé no verte con otra ya, quería besarte, decirte que te quiero, decirte que tus facciones son las piedras que dan los colores más bellos al mar, que tú sería todo mi azul:

«Sara, ¿has visto a Santi?» Ganó tiempo...

«Ha cogido el ferry esta mañana Monia; su madre está enferma.»

Te envié centenares de cartas: tu amigo Marco me dio tu dirección, pero nunca recibí tu respuesta. Quizás me odias, quizás piensas en mí todavia.

Yo te amo y lo grito en este lugar, fingiendo de haberte traido aquí, esperando oir tu caricia. No hablaré con nadie de amor, me enfrento a las olas de donde nacimos y a las cuales volvemos a ser solos.

Un beso