Desnuda

Ha caído la noche hace pocas horas cuando advierto una sombra subir por mi espalda, seguir hasta la nuca, colarse en mi pelo y encontrar el cuello. A pesar de la obscuridad puedo reconocer aquella mancha líquida, cargada de amenzas. Ahí estamos: es él. Ha vuelto, insaciable.

El olor acre a vino y sudor se pega al suelo de madera obscura.

“Acuérdate de que me perteneces. Eres mía, y de nadie más”.

Sus palabras, como lava incandescente sobre mi piel, queman cualquier intento de defensa. Es ávido, no le queda ni un rastro de lucidez. Se cae sobre mí y enseguida me inmoviliza. Con un gesto instintivo intento oponerme a su ciega libido, rechazar el peso negro de su voracidad. Pero él sigue bloqueándome las muñecas, aplastándome bajo su control oprimente.  Me arrastra por un brazo hacia el pasillo, pasa por la puerta de barniz roja, entra en la cocina y me empuja hacia la pared empapada de humedad. Destroza mi ropa y mi alma, me muerde todo el cuerpo. Me derrumbo al suelo tras un puñetazo en mi pómulo izquierdo, vomito herrumbre sangrienta de mis labios morados. Es imposible encontrar una chispa de luz en el abismo de esta violencia, me repito. Estoy obligada a rendirme, otra vez. Me dejo llevar por la corriente, sin nadar ni ahogar. El dolor físico es el único contacto con la realidad que me concedo. Me voy a otro lugar, lejos de lo que está pasando. Intento delinear a mi misma como si estuviera en una fotografía en blanco y negro, figurarme visualmente para que pueda agarrarme mejor. Estoy en vilo, sujetándome perfectamente en el medio de una tabla de madera. Estoy desnuda. Miro las líneas de mi cuerpo, reconozco los cardenales secretos, las herida escondidas, las palabras calladas. Me imagino amordazada por un haz de luz obscura, por una cadena evenescente que no puedo abrir.

La primera vez que mi vida tropezó con la suya estábamos en una pequeña libería en el centro de Roma, de esas tan estrechas que parecen un laberinto de papel donde puedes explorar recorridos de palabras siempre vivas. Estábamos en mayo, lor rayos color naranja filtraban la puesta del sol que caía con timidez sobre la ciudad. Aquella tarde había decidido quitarme unos antojos casuales: un helado de pistacho y guinda, un traje de flores con rebajas en la tienda de la esquina y una vuelta por las estanterías llenas de libros. Lo noté inmediatamente: los hombros como una montaña, el pelo color del sol y los ojos color de la tierra. Un planeta para colonizar. Sus manos hojeaban las páginas ásperas de algún libro elegido sin mucha atención.

Sus manos, ya. Aquellas manos antes aparentemente tan dóciles y gentiles, se convertirían en poco tiempo en crudas e imparables, un arma siempre a su disposición. La dulzura de un roce convertida en la furia de un bofetón.

Llevábamos seis meses saliendo, acabábamos de subir en el coche después de una noche en casa de amigos: el perfume de espaguetis con salsa, las burbujas de prosecco en los vasos, las charlas fluidas que se encajan entre las risas. Fragmentos banales, instantes de una vida cualquiera. Sin embargo, para él yo era culpable, condenada sin posibilidad de apelación. “Os vi, cállate. No te arriesgues a hablar. Te has vestido así para él, ¡zorra!” Sus acusaciones no buscaban confirmación, no investigaban la realidad, se consolidaban en si mismas abrigadas por una imaginación morbosa, alterada, monstruosa. Aquel bofetón fue como un relámpago helado para mí, el primer rayo de la tempestad que destrozaría mi vida.

Me miro: jirones de carne y humillación. En el silencio, lleno con mis lagrimas las grietas de mi corazón, maldigo la esperanza de algún cambio renovada día tras día. Pienso una vez más en las promisas, en las palabras vaciadas de sentido. Persigo un amor que se corrompe, que se contamina, que se enferma mortalmente.

Amanece. Desde la ventana entornada llega un soplo de viento que me regala unas gotas de coraje.

¿Sobreviviré?

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