Nunca voy a morir

“No voy a morir, Balè.”

“No va a pasar hoy.”

“Ni hoy ni nunca.”

 

 

Lughe tenía la piel seca, árida como el terreno de la colina en la que se escondía. Baleri levantó el ruedo de su falda y rozó con los dedos las minúsculas grietas que corrían a lo largo de su pierna hasta el tobillo, donde se abrían en una herida que goteaba sangre fresca. Aunque hubiera sanado, habría tenido una enésima cicatriz. ¿Cuánto tenía que seguir todo esto? Se le acercaban cada vez más y Baleri sospechaba que sólo fuera cuestión de tiempo antes que la hallaran. “No tenías que alejarte de la cabaña. ¿No es suficiente el agua que te traigo? La regañó. “Estaba caliente, Balè. Y estoy pudriéndome bajo el sol.” Sin añadir nada, Baleri suspiró, le limpió la herida y la vendó. Para despedirse le besó la frente como siempre y despacio dejó la cabaña para ir a la ciudad. Desde cuando su hermano le había pedido de alcanzarlo a la Comisaría, Baleri sentía en el estómago el desgaste de enormes falenas negras.

 

No había tiempo que perder. Aparcó a las laderas del monte y cogió la calle más rápida, corriendo. A cada trancada perdía un recuerdo: rebosaban de sus ojos, empujados por una conciencia amarga, herrumbrosa, que le torcía la lengua en boca. Vio un Baleri más joven hechizado por el olor de perpetua del pelo de Lughe y se desculpó con Dios por cada instante de aquel amor no correspondido, callado, escondido como fuera un bandido sin patria. Cuando llegó el sol lo había dejado solo con su miedo, propio afuera de la cabaña. Habría corrido la tela como cada día y como cada día le habría entregado un pedacito de su alma, cociéndolo doblemente a la textura de su traje. Ella, analfabeta de sentimientos, le habría devuelto una mirada llena de cariño, agradecida, y apegada: la clásica puñalada de una fugitiva incapaz de amarlo. Toda la vehemencia de Baleri se consumó en el ruido de dos rodillas al suelo: esto la despertó.

Propio como cuando, orgulloso, la desanidó sin encontrar el coraje de darle un tiro.

“Te hallaron y van a llegar antes del amanecer: ¡fuye!”

Ella se levantó sobre los codos y se sentó, mientras que el sueño le colgaba de los ojos.

“No hay tiempo para huir, no con esta…” dijo indicando la herida.

“¡Si te pillan te encierran!”

“Y tú no dejes que me pillen viva, Balè”

Se lo había pedido a menudo durante los años, pero solo esta vez Baleri entendí que no iba a hacerlo más.

“¿Cómo puedo vivir yo si te mueres?” preguntó agarrándola por los hombros.

“Nunca voy a morir, Balè” contestó ella, con su maldita sonrisa de loba.

Quizás que adiós no se lo dijo el mismo día en el que la conoció, o quizás lo después, cuando se enteró de que amaba a una bruja, una mujer en exilio que elijo la venganza en lugar del llanto y la libertad en vez de la vida. Por cierto le repetí adiós aquella mañana, a las primeras horas del amanecer, besándole la frente una última vez.

 

El Vice Comisario Gianuario Fresi llegó con un grupo de jóvenes armados proprio en el momento en que el hermano dejaba la cabaña.

“Ha muerto, Zunià.” le dijo.

“¿Qué hiciste, Balè? preguntó el otro.

“La maté.”

“¡Tenías que esperarme!”

“Ya no importa. Ha muerto.” sussurró.

“No, mierda. Tenía que pudrirse en celda. Así va a volverse en mito y no…”

“…y nunca va a morir.” Lo interrumpió Baleri.

“No puedes actuar de esta forma en este trabajo. ¡No tienes futuro!” Lo regañó el Vice Comisario.

“No, eso es.”

Zuniari se volvió furioso, dirigiéndose hacia la cabaña, pero algo lo paralizó: un tiro de pistola sacudí la colina y Baleri cayó al suelo, con el cráneo perforado y los dedos todavía enredados en el arma.

“¿Qué hiciste, Balè?” masculló con un hilo de voz, lanzándose sobre él. “¿Qué hiciste?