Nieblas

Nieblas. Que se cuelan por todas partes y te sacuden a pesar de su aparente inconsistencia.

Respiraba aquel aire fresco, gélido a decir verdad, que le picaba el rostro. Veía las nubes al horizonte, negras, pesadas y en rápido movimiento hacia el acantilado. Sólo apretó las manos a la barandilla helada y un escalofrío recorrió su espalda. No pudo hacer otra cosa que sonreír. Cerró los ojos, mientras que el viento le cariciaba las mejillas. El inminente chaparrón, el mar movido por el viento de la tempestad, aquella niebla que se levantaba despacio, agarrandole antes los pies y enseguida las pantorrillas…todo habría tenido que hacerle pensar que era tiempo de regresar a casa, de sentarse en su sofa, de mirar una película; pero en realidad no sentía el peso de ninguna tarea, era así terriblemente relajada.

Más bien, todas las gotas que le pegaban el rostro a cada choque de las olas contra las rocas ásperas del acantilado, las hacían suspirar y sonreír. A cada contacto con el agua helada se sentía despertada. Renovada. Dejó la barandilla con la mano derecha y empezó a caminar lentamente, con paso suave, casi como una danza, adelante y atrás. De frente al infinito así pardo y amenazoso.

Las nubes y la oscuridad iban a fundirse más y más hasta alcanzar un negro sin fin al extremo horizonte. Parecía que no pudiera existir nada arriba de su cabeza además que aquella manta pesada y espesa de nubes. Ni un sol, ni un día detrás de aquella noche adelantada. Pero a ella en aquel momento no le importaba y mientras sus pies, apretados en pesadas botas, seguían marcando un ritmo indolente contra los azulejos, y los dedos ahusados de su mano golpeteaban contra el hueco de metal, aquella música era el único sonido que la acompañaba en aquella tarde vacía. Aquel repiqueteo se hundía con las olas del mar y la única señal de su presencia era su piel de hielo destacante en el negro del mundo a su alrededor.

Pero quizás se había dado cuenta, de aquella fin inminente. De aquella esperanza tragada por las olas. De aquel día que nunca iba a llegar. Mientras que las primeras gotas de lluvia empezaron a mojarle el rostro, no pudo hacer otra cosa que sonreír otra vez y sus manos corrieron a lo largo del metal y sintió el frío sobre la piel, y sus piernas ágiles y delgadas superaron el frío y la piel desnuda de sus muslos tiritó levemente.

Y aquellos últimos ratos fueron todo un sentir.

Un paso, dos, tres.

El viento entre el pelo, los palmos abiertos contra lo ignoto, el salto hacia el vacío.

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