Mària

Mientras me apresuro para no perder el metro el amarillo del coche asalta mis ojos. ¿Qué cabe aquel color brillante en esta ciudad de los matices pálidos pero nunca totalmente desteñidos? Pasé la tarde en Retrock. Curiosear por las tiendas vintage ya es un ritual de mi religión urbana que no me puedo quitar. A veces pienso que mi apego al pasado es un rasgo genético que me une indisolublemente a Budapest.

Mañana empezaré a trabajar y tú vas a mudarte de ciudad. Me cogieron de una agencia como guía turística. Me pregunto como hacer para enseñar a la gente que esta cuidad de colores pastel puede ser tan majestuosa en su procesión eterna. Una anciana señora está sentada frente a mí fijando el título de la guía sobre mis rodillas. “Budapest” lee en voz baja, pues empieza a hablar como si estuviese rezando:

“Desde cuando he nacido respiro tus atmosferas orientales, percibo los legados de un pasado turco y remoto, la solemnidad de un impero, los horrores de dos guerras mundiales.”

“La voluntad de emancipación del comunismo y la inevitable contaminación del capitalismo” – pienso yo.

Quizás esta mujer sea el profeta que estaba esperando.

“Sabes chica, - siguió la mujer – andar por las calles de Budapest es como estar en frente a muchas verdades. Las verdades se manifiestan en el momento apropiado o se sufren.”

Y así es. Algunos días parecen encajarse en la textura de la armonía urbana, otros parecen dogmas que pretenden fe, aún otros pesantes puntos de interrogación.

Así es Budapest: encuentro y composición, posibilidad y necesidad. Por esto amo la facilidad con la que es posible convertir la moneda. Es posible elegir entre florín y euro, entre la tradición húngara y el aire europeo. Conversiones y retroversiones de dinero rápidas y reversibles. Me gustaría imaginar como nuestros rancores también se pudieran convertir tan simplemente en nuevas oportunidades.

¿Cuántas pocas veces nos hemos encontrado de verdad y cuántas a menudo nos hemos forzado?

Pasamos nuestra adolescencia en los labirintos de los ruined pub, donde ninguna habitación es igual a la otra, cada habitación está llenísima de objetos usados, cada rincón es pasado que amuebla y rellena, es presente que acoge historias vividas ya. Bicicletas, anuncios, señales de tráfico, hilos enredados, mesas sin patas, viejas butacas, pantallas, alfombras, lámparas y luces. Una confusión estudiada, porque cada objeto estaba afuera de su contexto y parecía que nosotras también fuéramos acomunadas por un sentido de no pertenencia coral. Me pregunto si tenemos suerte por nacer en esta ciudad o si es Budapest que plasma nuestra complejidad.

Por esto me parece absurdo que vas a mudarte. Sólo me gustaría gritar “¡tu lugar es esto!” te abrazaría esta vez, yo que nunca lo hago, porque aunque me imagino con esfuerzos las palabras con las que voy a despedirme, en mi corazón sé que se trata de un “hasta nunca”. Algo me dice que no habrá futuro digno de nuestro pasado, que no se trata de medir los recuerdos sino confrontar la realidad con la vita que me transmitiste tú. Fuiste la única que entendió la razón de mis continuos cambios, la única que los aceptó de verdad porque a cada cambio túseguías viendo a mí, como si mirabas a unos episodios de una historia de la que ya conocías el final.

No sé como va a finir: quizás tú ya has encontrado la verdad y estás creciendo, yo estoy sufriéndola y envejezco.

Toca el móvil de la mujer.

En la pantalla aparece “Mária”

Siempre estarás si voy a saber como buscarte.

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