Mar y Futuro

 

Aquel día hacía muy calor, me desperté pegajoso, empapado de un raro sudor, mezclado con bochorno y miedo, adrenalina y gana de vivir. Nunca me había alejado de Waddan, excepto por aquellas raras ocasiones (cuando aún era posible moverse con el coche) en que mamá y papá habían llevado, de pequeños, a mí y a mis hermanos al mar, un lugar mágico, a lo largo de la costa. Parecían momentos que durarían para siempre, en cambio todo se disgregaba a poco a poco,  las personas partían, la pobreza crecía. Hasta aquel momento, mi vida había pasado, ní bien ní mal; aún no sabía que, probablemente, la extrañaría.

Habíamos quedado con mis padres que, lo más temprano posible, me habría puesto en contacto con ellos para contar los lugares que veía y los que proyectaba de ver, como ya hacían mis hermanos desde España y Turquía; ellos se fueron cuando tenía quince años y yo me quedé por otros diez para cuidar a nuestro padres.

El tren para la capital partía a las diez de la mañana, doce horas de viaje en los que habría reflexionado mucho, dormido poco, y mirado atrás una última vez.

Durante los años, siempre observaba desde la ventana la gente que se iba, abandonando  sus haberes, sus casas, para echar raíces en otro lugar, y siempre me preguntaba si esos emigrantes tenían las mismas sensaciones, que oscilaban entre vacío y curiosidad, entre tristeza y euforia para todo lo que podría pasar. Nunca supe la respuesta. Siempre fantaseba sobre lo que estaría más allá de aquella estrecha visual, desde la cual, de toda manera, no se veía nada bueno.

En los umbrales de los veinte y cinco años advertí el deseo y la necesidad de irme de aquel lugar, de translimitar aquel escorzo; si hubiera podido, habría llevado conmigo todos mis parientes y aquel poco que teníamos para cerrar con una vida de incertitud. Por supuesto, el dinero encaseaba y los medios para realizar este sueño no eran seguros. Así que dejé detrás de mi espalda los lugares de siempre, las pocas persona que conocía en el mundo para ir hacia un grande y desconocido agujero negro.

En el tren, pocas caras amigas, poquísimas hostiles, casi todas rayadas de dolor. Alguien trataba de hacer sonreír alguien más, y las cicatrices tomaban una forma diferente. Mis reflexiones estaban interrumpidas continuamente por un pensamiento más entrometido, martilleante: si hubiera estado con alguien querido, el viaje habría sido diferente. Ultimamente las mujeres no eran mi fuerte, y los amigos desaparecían lentamente...

Mientras que los vagónes dequiciados, que olían a esfuerzos y casa, se rellenaban de algunos valientes pero por la mayoría de gente atemorizada, cansada, y se oía un discreto vocerío sobre quien iba donde, a la búsqueda de que, yo meditaba sobre Diós, sobre la fe, esta gente seguro tenía fe en algo. Me preguntaba cual, entre todas las religiones existentes en el mundo, era la que se ocupaba de situaciones como ésta. Algunas horas más tarde la respuesta, o “ninguna” o “todas juntas”, fluctuaba conmigo. 

Llegado a la primera estación vagué un rato en los callejones de la zona del puerto, me habían dado informaciones exactas sobre el lugar en que habría ocurrido el encuentro, pero los efluvios de aquella rara noche de verano, en aquella ciudad nueva, tan distinta de la mía, me confundían y andaba aturullado a la búsqueda de mi futuro.

A las dos de la noche llegué al malecón, salímos sobre el barco que tenía que conducirnos hacía nuestra nueva vida. A bordo habían mujeres, chicos de mi edad, poquísimos mayores, algunos niños. Las caras exprimían las mismas sensaciones que había advirtido en el tren. Desánimo, esperanza, terror.

Llevábamos cinco horas de viaje, oía las olas estrallarse contra la proa, siempre más enérgicamente, tanto como para inundar el barco y, mientras que lentamente se iba a pique, el pánico hizo que se volcara, nos encontremos todos en el agua. En aquel mismo instante empezó el turbíón de emociones y sobrealiento que me llevó aquí, donde todavía estoy.

Flotaba y arrojaba, salía en la colada y flotaba otra vez.

Mi nombre es Uadi, significa corriente, he sido llamado así en prueba de buena suerte contra la aridez que oprimía mi país, y a menudo también mi gente.

Ahora sé lo que me esperaba más alla de aquella ventana: el fondo del mar