Luz

También la luz oculta las cosas. Paradójico, a lo mejor, pero no tenía forma de pensar de otra manera.

Abrí las puertas de la ventana principal de mi oficina y la luz, horrible tanto como la oscuridad, filtró con una intromisión natural dentro de mi oficina, iluminando con procupante precisión cada detalle: el pliegue del sofá rojo, la podredumbre de las sillas de madera, el cenicero aún humeante, el polvo sobre el vidrio transparente de la mesa y aquellas sábanas colgadas.

Los miré también yo, con las manos en las caderas.

Sus caras pálidas, negras, impresas sobre el blanco de la tela tan inmaculada, colgadas como si fueran trofeos en la pared, me donaban una sensación de recompensa. Luego mis ojos apuntaron la puerta blanca.

Un letrero decía: “Eh! Bien! Non!”. Sonreí, complacido.

Yo habría añadido otro.

 

Jasmine, se llamaba. O por lo menos creo. Estaba sentada en mi oficina con las piernas cruzadas, tacones altos, rojos, labios color carmesí, un vestido colorado, particularmente sucinto, una cabeza llena de pelo que le acariciabas la espalda y un acento francés bastante molesto.

-Gracias, señor Manson – me dijo con su voz chillona.

-Espero que mis fotos sean fantásticas-.

Encendí un cigarillo y el humo, denso y cansado, subí hacia el alto cubriendo mí sonrisa poco convencida.

-No se preocupe, querida. No se preocupe.-

Ella sonrió y, después de haber terminado su cigarillo, se puso de pié, en toda su belleza. Lu luz escupió sus rajos además del vidrio de la ventana, iluminando la perfección de su piel y probablemente escondía, en la sombra creada por su vestido, formas aún más perfectas.

-Porqué usted piensa de haber sido llamada?-.

Jasmine, o cualquier fuera su nombre, me miró un poco soprendida. Su ceja dibujó una parábola particular y fue complacido al ver su expresión.

-Por mi belleza- dudó ella. Como si ser consciente de su propria belleza fuera un pecado.

Sonreí, mientras que arreglaba el rollo de mi reflex. Tenía la mirada baja, mientras que el humo del cigarillo en la balanza de sus labios producía sus respiros cansados y voluptuosos.

-Eso es. Y para usted, que es la belleza?- seguí.

Jasmine dudó otra vez. La oí estremecer. Hubo un silencio incómodo en que se oían solo los clics del rollo, que hacían más sabroso aquel non-ruido. Respiró con decisión, como si, por fin, sus pensamientos habían encontrado una forma.

Se sentó. –Pienso que la belleza sea la eternidad en un tracto-.

Ingenioso. Me sorprendió.

-Y, perdone la insolencia, entonces uste piensa que la belleza sea eterna?-.

Aprietó las piernas otra vez en otro sentido y cruzó los brazos sobre el pecho. Los labios con el ceño funcido.

-Eso espero-.

Mis ojos codicioso quizás me traicionan.

-No se preocupe- dije yo. –Además, cual es mi tarea si no la de donarla eternidad?

Me puso de rodillas, llevè la reflex hacia la cara.

Y saqué la foto.

 

La mañana después la luz estaba todavía allí, en aquel cuarto, con sus rayos más alla de la ventana, iluminando la mesa, el sofá, mi reflex, las colas aún humeantes, mi expresión satisfecha y una nueva sábana.

Cándido e inmaculado, ensuciado solo por una larga silueta negra.

Una chica, cual era su nombre?

 

Su expresión asustada pasó a ser eterna. La expresión directa de la luz explotó sobre sus miedos y sobre sus suculentos lavios. No necesitaba el rollo, solo necesitaba sus rasgos, que desde aquel momento serían eternos, como ella desideraba.

Jasmine, sí, a lo mejor se llamaba Jasmine.

Sonreí.

La luz había ocultado todo, otra vez.

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