El espacio entre pensamientos

Ella era isleña.

Giulia, digo, había nacido en Sicilia y, como muchas, había crecido buscando Ámerica. Era morena y odiaba a las rubias. Extrovertida, cuando mejor correspondía ser tímida. Llevaba consigo secretos que no conocía, igual que el avispón que vuela e ignora la amplitud de sus alas.

Un día recogió lo que podía y se fue a Bolonia. No estaba sola, como en las noches de invierno o cuando escribía en su estropeado ‘cuaderno de bitácora’, regalo de su hermana para los trece años. También había sido Pamela quien le había dado crédito cuando, en uno de sus arrebatos caprichosos, dijo de amar a Conan Doyle. Y siempre Pamela quien le dijo que no tirara aquellas hojas amarillas solo porque volviéndolas a leer a Giulia le parecieron estúpidas. Aquel cuaderno era, de hecho, un enredo confuso de los cuentos de sus amores: paranoias histéricas y frágiles intentos de aparecer, como tinta en papel. Pero Giulia es así: no admite haber sido diferente de lo que es ahora.

Irse a Bolonia había sido su elección. Aquella vez, le tocó a Dario creer que ella iba en serio cuando le dijo que quería estudiar allí, en la facultad de filosofía. Estaba sentada en el retrete con el ordenador sobre sus piernas cuando encontró en línea la presentación de un curso que juntaba economía y filosofía. Nunca le había interesado la economía y, es más, simpre la había juzgado aburrida y ridícula. Eso no le impidió concluir, una tarde fregando los platos, que sería indispensable. Ya, y.. ¿para qué? Sin embargo, todo le parecía entonces claro, resplandeciente, liso como sus platos.

Giulia mira el amanecer que está acercándose, ahora. Piensa que es prepotente y que debe serlo de verdad, como es verdad que el alba es una mujer. Escribe sus historias sobre una diapositiva azul pálido bajo la acerba luz del sol por la mañana: sus chorradas sobre el mundo y la globalización; sobre la prisa, el ruido, la riqueza y Leibniz; sobre las elecciones, el amor, la rabia y los silencios. Mordisquea el capuchón del boli azul, sentada encima de una roca. Garabateando figuras geométricas ya llega la hora de comer: pela un plátano y bebe desde la botella abollada con ritmo torpe y coordinación equivocada. La vejiga se hincha.

Sigue escribiendo: escribe que todo lo que ve es falso. Que ya no siente nada y que no llegará a los ochenta años como su abuela filofascista. Escribe sobre Dario y sus faltas. Sobre su familia, de cómo los quiere y de su triste costumbre de ganarse la vida. Sobre aquel sentimiento raro que, a veces, la lleva a pensar en tener un hijo, un día, en casarse y arrastrarse hacia “la boca del diablo”, como le gusta a Giulia llamar la murte natural. Pero encontrar una posición que ayude la fuerza elástica de su vejiga empieza a hacerse difícil ahora. Estaba acostumbrada a sufrir por esas tensiones, pero ahora el sol está escondiéndose y el viento ya no es agradable. Baja, apoyando el culo por miedo a caerse: sus zapatos – siempre se lo repite Dario – son falsos. Se aleja, retrocedendo. Ha sido una roca a sujetar sus nalgas húmedas. Una roca gigante sobre la mano ligera del cielo. La observa. El cielo también parece estar observándola. Permanecían todos – ella, el cielo, la roca – inmóviles, hinchados como gatos que esperan algún peligro. Una flecha de viento rompe la escena. Giulia baja su mirada, como una persiana de madera y se va, corriendo rápida, torpe, esperando encontrar a Dario enseguida para sumergirle de preguntas y llenar así el espacio entre sus pensamientos. Y todas aquellas discontinuidades de vida con asuntos humanos.