La pesadilla de las rocas

Se arrastra por las rocas negras y puntiagudas, los pies mojados de sangre y los ojos de lágrimas saladas, que le recuerdan sus tormentos más espantosos, sus fracasos más hirientes. Se mueve por el desierto oscuro, obscurecido aún más por un cielo negro como la nada, lleno de fantasmas que parecen estrellas. Grita con la boca cerrada: los tropiezos de sus elecciones brillan en la oscuridad, como astros que alumbran el camino. La verdad se ralea y cede su sitio al limo de sangre mezclada a lágrimas, bajo sus pies y luego en el dorso, cubriéndolos por completo al final. Esta noche hasta el pasado pierde solidez y desaparece en el éter.

No se resigna, rechina los dientes como un animal, como cuando – de niña – no lograba gestionar los cambios de humor, las píldoras, los sueños, desgastando el esmalte dental; el insomnio, los ojos abiertos esperando a la sombra negra, las epilepsias nocturnas, su mamá muerta. Su mamá muerta. Reconoce aquella sensación, la taquicardia, los ataques de pánico; absorbe otra vez la ansiedad del luto.

Mira hacia la montaña que, lejana, dibuja la sombra de la existencia en aquella masa nublada de rocas negras. Su llamada es una voz cavernosa y conturbadora, que le impide sollozar. La lleva otra vez a su ruta, con una orden: no estamos aquí para compadecernos y quedar desplomados al suelo, vencidos entre los fugaces sufrimientos del tiempo.

Sigue andando, sigue el ritmo interior de su vocación, lo conoce ciegamente, ahora; los escalofríos de las heridas no paran su marcha hacia las razones de lo que ve y siente. Los gritos de los condenados bailan en la bóveda celeste, revelándose molestas falenas débiles, ruidos atenuados.

Empieza la subida, empinada y pesada como los achaques que cargan su espalda: percibe la hambre, la sed, el calor, el frío de la muerte, el cansacio y el sueño. Quiere dormirse para no despertar nunca más, existir para siempre en un sueño, hecho solamente de luz. En una habitación blanca, sin nada más.

El norte y el sur no tienen importancia en la subida, solo persigue el camino del sufrimiento. Aparece escrito en un letrero de madera de ébano: el camino del sufrimiento. ¿Puede verla? O está a punto de despertar, buscando apoyos en la realidad, algo tangible, como el dolor que advierte a la altura del estómago.

Supera la última curva cerrada para llegar a la cumbre, que no está. No hay cumbre, no hay cima para alcanzar. El presente es agua: una extensión estancada y, al parecer, volcánica que se abre a sus sentimientos. Verde y calma, como el silencio al final de un espectaculo.

Algo está hirviendo no muy lejos de su frágil presencia; vuelve a aparecer, flotando, un cuerpo de mujer: es ella, la reliquia. Despacio, su vestido liviano se aleja de su cuerpo como piel muerta, dejándola desnuda. Los pasos siguientes son un turbión del espíritu, la interrupción de los latidos.

Sumerge toda su figura en el estanco hirviente, tropezando en sus mismos miedos, impedida por las punzadas en las yemas plantares, destrozadas. Toca el involucro helado, lo acerca a sí misma, abrazándolo, y para, finalmente, de sangrar desde las cejas. Círculos concéntricos se extienden en el charco color verde jade, sellando la unión ventral.

Abandonada en aquella balsa, que se va a pique, se deja ahogar y muere, abandonándose definitivamente al error: un fondo de rocas negras y puntiagudas, de donde nadie puede volver...