Carta de letargo

Me llamo Sara,

soy una mujer

casada hace tres años

mamá hace tres

viva hace cuarenta y seis

en terapia hace uno.

 

Apenas un año, una cosa de nada en comparación con una toda una existencia. Sin embargo mi médico está preocupado: un caso como el mío, dice, no lo ha visto nunca. “Escriba –me ha dicho- y mejorará.” Y yo escribo, quien sabe si alguno lo leerá.

Era por la mañana: abrí los ojos y encontré una carta apoyada en la mesilla. Desde entonces, en cada despertar recibo una nueva. Son mensajes de un hombre para una mujer sin nombre, escritos a mano, con algunos errores, con mi grafía. Sí, los dejo sobre el papel yo misma, de golpe, como un ancla lanzada mientras caigo en la deriva del sueño. Parecen las confidencias susurradas entre los enamorados en el tiempo inexistente del letargo, solo que en mi caso “mi mitad” es, en realidad, mi doble. Él se llama Andrea, y resurge para respirar solo cuando yo cierro los ojos y me hundo.

Historia para leer al despertar, un revés a las tantas lecturas que la mayor parte de nosotros hace para conciliar y condimentar los sueños, cada carta es una llamada. ¿Pero no lo es quizás cada gesto de amor? Yubarta enamorada, Andrea confía su canto bajo las leguas del mar del sueño, recibiendo como respuesta nada más que su propio eco.

“Esquizofrenia” (lapidario, el Doc). Causa: “mi embolia” (ingeniosa, Yo). Un error durante una inmersión, una burbuja de nada encallada en el cerebro. Llamadlo como queráis, lo que sea no me interesa. Veis, a veces entender no sirve de nada, si sabéis sentir.

Y de aquel incidente siento todavía las mismas emociones: de repente todo se oscurecía; sola, reinaba una paz perfecta, el mar en lugar del cielo, un horizonte volcado, la sensación de volar. Aquí la tienes, la imagen, inmensa cuna de mi coma de seis años.

A veces por la noche, cuando cierro los ojos, todavía siento el rumor de la resaca, su ritmo que horada, insistente, en la oscuridad. Lo mismo pasaba con quien nombraban mi nombre cada día, en aquellos años de sueños olvidados que rompen mi vida en dos mitades idénticas, de veinte años cada una. Hushh…un respiro, una ola. Hushh…cada sílaba un grano de arena que resbalaba por todos lados bajo mi cuerpo que yacía bocarriba sobre el rompiente. Hushh…salen del cono de mi clepsidra, para rellenar aquel de Andrea, mi solitario doble.

Desde entonces estamos en equilibrio él y yo, la noche y el día, el cielo y el mar, volteados y unidos, como en el incidente. Nos vaciamos y nos rellenamos el uno al otro, hoja sobre hoja.

Debía durar para siempre.

Sin embargo, aquí estoy tratando de curarme, de abandonarlo. Si no lo hago moriré, dicen.

Hace tiempo mi corazón ha empezado a invertir los latidos; ha comenzado a perder alguno, hasta llegar, día tras día, a dividirlos. He mantenido el secreto durante algún tiempo, pero ahora está bajo la mirada de todos: han hecho también un cálculo, y parece que el proceso se haya cebado el mismo día de mi embolia. Ahora se preguntan si moriré o si, por otro lado, me volveré inmortal. Si mis cartas del letargo no proviniesen de otra dimensión, con la cual, a través de mi defecto cardiaco, conseguiría comunicarme. Si mi latido no desaparece sino simplemente se pierde en un pliegue de la curva del espacio-tiempo.

 

Yo sé que sin embargo ninguno de ellos tiene razón.

Yo sé que me llamo Sara

Que soy una mujer

Que tengo cuarenta y seis años

casada hace dos

mamá hace tres

en terapia hace uno

enamorada durante treinta y seis del corazón de un hombre

que paró de latir hace veintiséis años y un día

exactamente un minuto antes de que el mío iniciase a latir a contratiempo.