El Forastero

«Tengo a menudo el mismo sueño que realmente me angustia. El Forastero vestido de negro me da un espejo y yo, niña, miro dentro. La imagen desaparece porque mi madre lo golpea. Lo hace caer al suelo, donde se rompe. No consigo volver a ver bien la cara, veo solo una sonrisa indescifrable.»

Emma tenía veintitrés años y un espejo sobre la cara. Lo llevaba como un velo, como una esposa que virgínea se aproxima a paso lento hacia el altar. Lo sujetaba en alto impidiendo al mundo devolver su mirada: los paseantes se veían a sí mismos pasmados, deformados por el reflejo completamente benigno de sus caras, máscaras repugnantes, estremecidas. Se giraban, pero ella siempre estaba ahí, comprendía el movimiento, era un mimo: reflejaba también los desplazamientos.

«El sueño continúa porque veo un cuerpo negro que se hunde verticalmente, con los vestidos que le flotan alrededor. No emite burbujas, no parece mover el agua. Se posa sobre el fondo que es el espejo, mi espejo. Hay mucha luz, pero el Forastero no tiene sombra. Desaparece atravesando el vidrio.»

 

Emma se había inscrito a un curso de arte antes de dejar todo a tres exámenes de terminar. Salía poquísimo, pasaba los días, las tardes, las mañanas, sin mucha diferencia, diseñando en la cama, cosas que ninguno había visto: salpicaduras de carbón, bocetos de monstruos o esqueletos no muy humanos. Vivía así, haciendo y después escondiendo. Estaba obsesionada con el negro; aquello que normalmente le ofuscaba el ángulo extremo de su campo de visión; aquello que la hacía girarse de golpe, solo para probar que, allí, tanto a izquierda como a derecha, no había nada.

«¿Estar aquí juntos no es suficiente confirmación? No es verdad que evito a las personas, solo que, no soporto me miren con sus ojos brillantes.» Emma se había ofrecido a él en aquella ocasión, pero su espejo, aquello lo habría querido conservar. Mientras hacían el amor, se había visto tentada de abandonarlo, marcharse, pero el muchacho jadeaba sobre la superficie pulida, con la boca dejaba halos y saliva: aplastaba la nariz allí para traspasar aquel limite, para triturarlo. La había disgustado. Aquella noche imaginó atravesar el limite vítreo para siempre, de zambullirse en el reflejo suspendido de la realidad, de fluctuar cada momento en un paisaje diferente.

 

En el centro había una muestra de Kubin y deseaba tanto ir a verla. Le fascinaba de un modo que no era capaz de describir. Ejercitaba sobre ella un extraño encantamiento, ligero pero persistente. A uno de sus animales oníricos le había dado nombre: Anemorek, el dios de los mundos evasivos e incomprendidos, de las cosas pequeñas y negras que olvidamos en el fondo del cajón y que olvidamos incluso de tirar. Anemorek era otra manera con la cual se refería al Forastero.

En la ciudad llovía desde hace días. En el autobús, de repente, notó al hombre anónimo y hondo que se había sentado en el asiento opuesto al suyo. Recordó el negro y la sonrisa, ve la indecisión de quien tiene un deber ingrato. Mantiene la mirada lo más baja posible, a pesar de su vidrio protector, porque el desconocido parecía poder mirar a través de él: bajo su ceño estaba desnuda.

En un callejón detrás de Piazza Navona sobrepasó un edificio renacentista, casi una ruina, que se tendía sobre ella, hacia la calle, hacia la tierra. Buscaba perderlo desesperadamente, a él que, cauteloso, la seguía. El espejo lloraba lágrimas, plúmbeas como el cielo que a trazos interceptaba, los paseantes eran visiones fugaces y aceleradas de la humanidad.

Aceleró aún más el paso. Salió a la plaza y rápidamente se dirige hacia el Chiostro del Bramante. El vidrio reflejaba solo humos marrones y grises, el aliento, la humedad atrapada empeñaban su lado. Entró en otro callejón más oscuro: ya corría, sin brazos solo con piernas, por miedo de no conseguirlo; se volvió a girar. Sin embargo, el Forastero no estaba ahí.

Choca contra algo sólido quizás de carne: huesos, músculos y pulmones. El espejo le resbala de las manos que se retuercen por un momento como lombrices: fue un destello. Cayó al suelo y se hizo trizas: los pedazos volaban y se mezclaban con el viento y la lluvia, lo cortaban en una danza vertiginosa. Se queda inmóvil.

 

Tenía el rostro blanco, desteñido, transparente.