La había esperado sin vislumbrar nunca un amanecer o un atardecer

La esperaba ese día también, igual que los otros, encendiendo un cigarrillo – que siempre decía que iba a ser el último – e intentando aclarar sus pensamientos. Pensamientos que, sin apagarse nunca, alumbraban su cara y la piel poco sobre el cuello. Desde la ventana apenas se entreveía un hilo de luz. Sus días se movían siguiendo el ritmo extenuado de su mismo pensar y sus esperanzas fluían perpetrando sus deseos, estrellándose como espuma marina a contacto con la realidad. Y así su vida era despojada, igual que sus armas frente la imposibilidad de una llegada, de un regreso consumido por una espera lejana. Pensaba en eso todas las veces que sus divagaciones se enganchaban a la rutina diaria, incluso los simples y estúpidos gestos para preparar la cafetera.

 

Todas las mañanas perseguía el recuerdo de la voz de L. El eco de su fantasma, acompañado por el reverbero de aquellos viejos pasos, la atormentaba como el resonar eterno de su nombre en la mente. Pensamientos y siluetas lejanas evocaban la imagen de ella, justo allí, en la puerta de la cocina. L. no volvía: la dejaba así, indefensa, con el pelo despeinado y sus modales calmos. Se daba cuenta de que se estaba perdiendo, en cada dirección: todo estaba al revés, cuanto más estaba dentro más se sentía afuera, vivía en los lugares que ya no habitaba.

Así aquella chica, de pelo rubio, miraba el infinito, vislumbrando en la dirección de sus ojos más allá de la ventana, las huellas de L.  Inmóvil, sin que lograse parar sus pensamientos, fruncía la frente en el intento; pero, entre las sutiles arrugas de su piel, estallaban los relámpagos de sus pesadillas que le aparecían en la cara, como pintadas con temples fuertes. Reflejándose en el espejo se vio, en medio de una tempestad, esperar calma.

Se preguntaba cuál inútil pretensión generarían sus suspiros llenos de impaciencia. Los ojos de L. – que recordaba fríos e inmóviles – nunca hacía alguna muestra concreta hacia ella. En sus interior solo vislumbraba el débil anhélito de un beso perdido en el viento, en el arrecife, hace unos meses. ‘Estudié tus ritmos, pero nunca pude encontrarme en tus pasos’, así le susurraba L., mientras se revolvían en la cama, entre los pligues de las sábanas. La veía desaparecer, día tras día, como si fuera evanescente. Lentamente ya no fue capaz de encontrarla. L. había desaparecido en una noche gélida, con pasos tan suaves que a principio parecían un bramido de aire y, al mismo tiempo, un lapso de tiempo sordo. L. era, inexplicablemente, lugar y tiempo. Tanto que no oyó su huida silenciosa: le había robado así todos sus lugares y todo su tiempo. Ella la dejó ir de noche. Y L. se dejó llevar.

Se dio cuenta, unos días antes, en medio del asfalto del litoral donde paseaban, que aunque estuvieran juntas, en realidad ya estaban muy lejanas la una de la otra. Para entender que no le pertenecía solo hacía falta abrazarla fuerte: ella ya no estaba. Nunca corría. Huía.

Frente a la ventana abierta le parecía verla pasear, una vez más, ausente en los rincones más hermosos y peligrosos de la ciudad. En sus retrasos en llegar y en quedarse, seguía viéndola huir, gritando contra la pared levantada con sus silencios. Se dio cuenta en aquel momento de su voz muda. L. no hablaba, nunca le había hablado de verdad. ‘Nunca posó sus manos sobre mi cuerpo, pero creía rozarme. Quizás querría, pero siempre olvidó hacerlo’.

Y así se fue alimentando la ilusión que esperar frente aquella ventana cambiaría la dirección de los pasos de L. Volvería y ella debería resistirle, tenerla a su lado, abrazarla aunque desde lejos, hablar callándose, no poder resistir, no lograr existir; era un tormento inevitable, otra vez el tiempo y el lugar.

 

Reanudó sus pensamientos cuando la cafetera silbó con rabia. Vertió el café y volvió a esperarla detrás del cristal opaco de aquella ventana.

Se le escaparon las palabras, ‘Te esperaría para siempre, aunque nunca te vi llegar’.