Lavanda

 

De niña, solía hurgar muy a menudo en los cajones de mi abuela. Me encantaba el perfume de lavanda de las sábanas y aún más lo que encontraba abajo. Ella lo sabía, que era curiosa como una gata y de vez en cuando dejaba algo: una pulsera de piedras azúles, un pañuelo blanco sobre el que encabezaba, escarlata y roja, la primera letra de mi nombre, mil liras*, unos caramelos de leche o de menta.

Era una cita fija e inesperada; a veces había un tesoro y otras solo un perfume.Incluso esto para mí era suficiente.Al crecer, mis visitas se hicieron siempre más infrecuentes y breves, y dejé de buscar. No solo en sus cajones. Iba creciendo y concentrandome en otras cosas: el colegio que admitía mi inteligencia, aunque no me empeñaba, las noches inolvidables, que hay que olvidar, con los amigos, los vestidos a la última moda con los cuales no me reconocía (pero son a la última moda, no te los pones?), los amores eternos de un par de meses. Me concentré tanto sobre estas cosas que, en cierto momento, me perdí.Literalmente perdida.Vagaba sin tampoco saber hacia donde, hasta incluso dejar de preocuparme del asunto. Para que servía? Al final, valía tan poco. Sin talento o pasión alguna, habría hecho un camino muy corto, cualquiera que fuera. Y dejé que las cosas resbalaran sobre mí, cruzandome sin dejar huellas, sin mover nada fuera o dentro de mí.En un día bochornoso de Agosto, mi abuela se fue.

Volví en su casa que, hasta en aquel infierno de verano, seguía siendo fresco, como lo recordaba; y mientras que todos se afanaban haciendo no sé que, yo subí las escaleras para volver en su habitación: todo estaba perfectamente ordenado, igual a como lo había dejado; incluso el perfume era el mismo. Me senté sobre la cama y miré en derredor; era una atmósfera surreal, como un congelado de imagen de un tiempo en que, me acordaba propio en aquel momento, todo tenía un sentido. Me descubrí niña y, como una niña, volví a abrir el cajón..Habría sido suficiente solo el perfume de lavanda de las sábanas.

En cambio, con grande sorpresa, al poner mi mano bajo las sábanas, toqué algo: una concha blanca, muy bella, con una línea uniforme, con la superficie lisa que todavía olín a mar; dentro, apelotonado, había un billete escrito a mano, una grafía incierta y elemental: “Si puedes encontrare el mar dentro de una concha, piensa lo que puede esconder tu corazón. Te abrazo. La abuela”

Y, tras las lágrimas, una sonrisa y el perfume de lavanda, encontré a mí misma.

 

(*) la lira era la moneda italiana antes de la llegada del euro

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