La arrogancia de la unicidad

-Sabes como terminará entre nosotros? Tendré que dejarte ir, haciendo que te convierta en una piedra, quizás una de las muchas que he pisado – te lo decía ostentando una seguridad casi resignada. ¿Lo recuerdas?

Me mirabas con atención, como un hombre que, suavemente, desafía. Pero yo conocía ya el final, porquè eso fue lo que pasó con todos: pierden la razón y luego la cabeza. Quieren conocerme, descubrirme y al final anhelan saberme, pero no consiguen retenerme.

Como pasó con otros, había empezado hablandote por error. La insistencia de tu mirada inquisidora superaba los vistazos de los otros colegas. Escrupoloso observador. Al final siempre me alejabas de las conversaciones a través del canal exclusivo de tus atenciones. Desde las horas del almuerzo pasadas a chatear, jugando aquí y allá con los platos que sabian raro, pasemos a los escritos privatos. Interminables intercambios cotidianos de cuentos, poesias y canciones. Intelectualmente fin. Discutíamos de libros, de cine, de música, pero principalmente de escrituras. Nos cuentabamos. Yo y tú. No existía algun nosotros, porquè yo no probaba algun interés carnal; solo sentía una tensión continua canalizada en un mutuo intercambio de notas. Nuestros intereses integraban los deberes, los pensamientos introducían nuestros deseos.

Trabajabamos en la misma empresa y la elegancia con la cual me pedías de esperarme afuera superaba toda forma de dulce educación conocida en los ultimos años. Sentirme cortejada era una ilusíon que empezaba a caer en el halago. Tus atenciones se hicieron preocupaciones, las preocupaciones se hicieron tormentos, los tormentos se hicieron celos. Promesa de una profunda y persistente morbosidad.

Era la unica digna de tus miradas y tus atenciones. Nada de mi te hacía daño. Mis provocaciones, mis solecitudines para que me dejaras en paz, ni siquiera los rezos funcionaban: yo era la belleza que estabas buscando.

Me acompañabas por todas partes. Te encontraba por todas partes. Un silencioso fantasma absorto en su silencio. Un inmueble y ávido Eros firme, en el rincón obscuro de la existencia, observando mi cuerpo blanco por ti venerado. Te hiciste tu mismo un lugar, incansablemente presente en mis días, agarrado a mi cuerpo y a mi mente.

Tu omnipresencia se hizo una imposición del deber estar. La arrogancia de la unicidad.

Querías saber todo, cada más íntimo y malo pensamiento: me sentí sofocar. Yo era tu objetivo y sentirme no era suficiente. Necesitaba una fuga de tus miradas. Quería las páginas de mis libros, mis noches, cuando estaba sentada en el despacho de mi casa y escribía escuchando música en la tranquila y nunca temida soledad. Asfixiada, acosada, cegada, rodeada, asediada, te invité a encontrarnos para conocerme – o para saberme, como decías siempre tu – realmente hasta el fondo.

Fueron los fuertes muros de ladrillos rojos en los viejos hornos que me reveleron que hacer. La periferia de la ciudad escondía tus gritas. La fisicalidad de la pelea me cansó, la resistencia de tu piel fue superior a la de tus pobres predecesores.

Cada pedazo de tu cuerpo pesaba, al menos cuanto la insistencia de tus miradas. Sentía el sonido de la pala raspar el suelo. – ¿Crees que eres el único?- Mis gritos no cubrían el ruido del metal en el cemento.

El animal que era moderado en mí te castigaba por haber sido tan ingenuo de dejarte conquistar, capturar y al final hacerte solo capaz de sofocantes insistencias. Una improbable expresión de sorpresa estaba todavía pegada en tu cara fría: los monstruos duermen a la luz del día, ¿lo sabías?

En la entrada del húmedo horno el polvo había opacificado los colores, veía todo en blanco y negro: de tu sangue oscuro, casi petróleo, podía reconocer solo la densidad. Las paredes eran descoloridas, el suelo de cal, griz. Enderezé la espalda, me sequé la frente, posé la pala a la pared y me puse en marcha hacia la salida del viejo edificio.

“Sepame así

fugaz en los limites,

inmueble. De mármol,

no siento

y no oigo, mi

Sepame piedra

capaz de destruir

y luego desmonorarse”

Rezé con las flores en la mano antes de posar una tambíen sobre tu cenizas e irme.