La otra orilla

Se quedó a jugar con los otros un poco más; de todas formas nadie la esperaba. El patio, con las casas bajas de colores claros a su alrededor, seguía siendo luminoso a pesar del aproximarse del atardecer. Más tarde, cuando todos se levantaron para desaparecer como fantasmas detrás de las puertas de las casas, ella se quedó un rato más, sola, observando una mosca que zumbaba ociosa alrededor de su mano.

Luego llegó a la puerta de su casa, pero no abrió; solo fijó la mirada en el portal de madera podrida. Estaba convencida de que aquel color era irrepetible, de que solo lo había visto en unas flores raras o en el motivo de un tejido de seda de la abuela. Sin darse cuenta empezó a seguir los puntos donde el color se interrumpía y se entreveía la madera que estaba debajo. A medida de que sus ojos se alejaban del centro de la puerta, veía más y más grietas, hasta que el color no se diluía en una mezcla enredada cerca del travesaño.

Acabado también el interés por ese entretenimiento, no supo decidirse a entrar en casa. En un momento le pareció oír, a través de la puerta, una cháchara alegre y despreocupada, una guitarra de sonido amable, descarado, las manos nudosas de las mujeres que marcaban el tiempo, una melodía cantada con voz débil que se hacía más y más enérgica hasta acabar en un retornelo coral. Le recordaba gran parte de su niñez. 

Pero, incluso así no abrió la puerta.

 En cambio, dio la vuelta y recorrió unos metros de calle arenosa, arrastrando sus pies. Eligió ir hacia el mar, descender allí sería suficiente. Al principio tenía la mirada fija al suelo, con cuidado, para no tropezar. Luego se sorprendió a mirar hacia arriba, en la tarde calurosa. Le parecía estar sola. Pasando al lado de una casa de color amarillo pastel realmente oyó música, ruido de vajillas y una cháchara alegre.

Miró fijo, delante de sí. Miraba el mar, que sin embargo no le parecía tal. Las nubes se amontonaban, capa tras capa, así que unas parecían niebla y las otras, más densas, los dibujos agudos de las montañas. ¿Se había acercado de repente la otra orilla?

Bajó sus ojos, casi de resultas, mirándose las manos: llenas de arrugas, fuertes; manos de trabajadora, de madre, tía y abuela. Las manos de una vida entera.

Su marido se había ido hace un año, después de una vida juntos. Ahora, solo ahora, ella entendía sus bromas, aquellas frases sin sentido que solía decir y se negaba a repetir, y que sin embargo amaba. Pero, siempre había sabido lo que él era para ella. Hasta hace un año cada vez que quería podía mirarle a los ojos. En un iris habría visto sin esfuerzo, aunque escondido en la penumbra, un niño aburrido sonreírle desde una ventana. El mismo niño que había conocido espiando la casa de enfrente, hace mucho, muchísimo tiempo. Había sido por la mañana, después de una fiesta de familia, con cantos y humos. Tras aquellas noches de fiesta, ella solía asomarse a la ventana, poco después del amanecer, para recuperar con el calor del sol el sueño perdido. Pero, cualquier calor ya estaba demasiado lejos.

La anciana miraba el mar, que le parecía un lago. Se preguntó, como hacía a menudo desde hace un año, qué había en la otra orilla. Si aquel niño aún seguía allí, en la ventana, esperándola para escuchar juntos el próximo canto.

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