La Perra

 

No me asustaba la miseria. Quizás un poco sì, pero no la suya. Es que, tuve que despertarme. Los dìas empiezan así en muchos sitios, no tenía que huir de un león ni habían gacelas en el horizonte, solo tenía que conducir mi Panda media desfondada cerca de la casa que solo necesitaba los últimos toques. Parecía que el dueño gastaba todo en auto rally. Coches, neumáticos, monos de rally y otras cosas de que no quería entender nada. Él, sonrisa poco enigmática, diría la de un cabrón, de los que la primera vez que te veen, parece que quieren abrirte el corazón y la cartera, la segunda vez exigen, y la tercera o te hiciste su esclavo, o bien te odian. Un odio estúpido, sobre que podía tranquilamente bostezar. De toda manera, no fue yo a eligir el trabajo, no voy a explicaros todo, pero dentro de la empresa, yo estaba un peldaño arriba de la carretilla con la rueda desinflada, y un peldaño abajo de la con la rueda inflada.

El respeto que tengo hacia el maestro nació cuando se limpió el culo con un pedazo de papel quitado del bolso de cemento y después lo tiró desde el balcón, tratando de golpear un chico que estaba trabajando con nosotros, insultándolo. Una escena amable. Yo, de toda manera, nunca estaba bastante despierto. Llegaba disgustado, trabajaba disgustado y más. Tampoco era el trabajo que me asustaba, a veces estaba seguro de hacer más y mejor de cualquier otro cabrón; el problema era que por la mayoría del tiempo estaba perdido. No tenía un objetivo.

Aquella mañana el maestro trató de probar a un mecánico romeno que tenía una autorradio mejor que la suya, y luego me dijo que querría mostrarme algo. Yo creía que simplemente había robado un pedazo de cobre mejor de los que normalmente robaba a lo largo del río. Una vez acabado el trabajo, lo seguí hacia el pequeño garaje, donde solía amontar todo el metal precioso para quemarlo o para venderlo. Yo le daba gusto como si fuera un niño, porqué era chispeante y no tenía ninguna moral, propio como ellos.

El perro estaba allí, atado a una cuerda, pequeño y aplastado en tierra, parecía muerto. No reconocía la raza, pero veía que algo le había golpeado el hocico.

Cuando el maestro se le acercó, tomó vida otra vez, y empezé a preguntarme como podía darle de comer, pero sobre todo como él mismo podía comer, puesto que el dueño solo pagaba cuando se acordaba de hacerlo, o sea nunca. A primera vista, eran hechos el uno para el otro. El perro debería haber tenido un par de meses , y era bastante delgado, mientras que la edad de su dueño no se entendía, era dificil establecerla después del tumor que decía de no haber curado nunca.

El día después empezó a llevarla a la pequeña construcción. Todo era muy lento, solo teníamos que terminar una escalera, pero mis continuos errores, sus historias y los retos estúpidos eran un estorbo. De vez en cuando, pasando por allí, me sorprende ver la escalera todavía de pié. El perro, bueno, “la perra”, estaba tranquila, gañía de vez en cuando y otras veces jugaba con nosotros, a veces huía, haciendonos perder el tiempo necesario para buscarla. Más el tiempo para los reproches y las caricias.

“Uora ci costruisciu ‘na cuccia comu si deve, ma dugni na mano?”[1], me preguntó en su dialecto siciliano. Estábamos a punto de desmontar y empezemos a robar pequeñas cosas desde la obra de construcción: bolsos de cementos no terminados, algunos ladrillos. “Cuidado, no exageres”, decía. Cuando la perrera fue terminada, me la monstró. Terminada, como una cosa hecha para un perro podía ser terminada. Y allí, la cría, asomaba su hocico entre los agujeros de los ladrillos, adorable. Le encantaba, en serio. Y también a mí, en cierto sentido.

Estábamos siempre más entusiasmados, ya teníamos suficiente material para diez perreras. No entendía que tenía que hacer con ellos. Mientras tanto, yo aprendía siempre menos, y tenía siempre menos ganas de hacer lo que tenía que hacer. El dueño de la casa miró la obra casi acabada, y con una gran generosidad me dio cinco euros para comprar “cafè para todo el mundo”. No se lo que pasó. Subí en el coche con aquellos miseros cinco euros, para volver nunca más. Tampoco me acurdo si había llamado para avisar. Simplemente me fue. Me volatilizé.

Más o menos un año después, pasé por casualidad delante del garaje del maestro, y ví algo dequiciado y anómalo. La perrera se había convertido en una indefinible construcción arquitectónica, más adecuada para un museo que para un perro. Era la perrera que Eschel habría construido a su perro.

Ví al maestro solo la semana siguiente. Me preguntó como estaba. Después de un clásico “todo bien”, me preguntó por qué había desaparecido de aquella manera. Incluso se acordaba de los cinco euros. Yo fingí de no entender, inventando excusas poco claras. Luego, salió del coche “la perra”, más grande que el corchito que había dejado. Le rabeaba cerca de su piernas. Él la tomó en brazo, jugando como un viejo, bruto, sucio podía hacer. Era vivo y nadie sabía como. Sus ojos eran los de un niño. “E c’ha fari? Idda non mi lassa mai”.[2]

 

[1] Voy a construir una perrera muy bonita, quieres ayudarme?

[2] Que puedo hacer? Nunca me deja solo

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