La Caza

Silencio, como nunca en aquel día. No era más una niña pero no paraba de jugar, ahí, en aquel tibio color de campo. “Son los juegos de niños que nos hacen mayores”, le repetía el abuelo, aclarándose luego la garganta para disimular aquella dulzura que, en el hondo, no pertenecía a su índole.

No era un simple campo de trigo: ayer habría podido ser el set de una película de acción con elefantes y tigres a sus séquito, hoy el campo de batalla de la más cruenta guerra registrada en los anales y mañana el escondrijo del peor bandido. Cada vacación, ahí, era concretamente una descubierta. Con los años conoció sensaciones nuevas, se hizo primero una chica buena y luego una trabajadora en serie, olvidándose de ser una hija de la tierra. Un barco puede ser alejado del agua, cargado sobre un camión, llevado a la montaña y dejado ahí a pudrir: a la primera riada, pero, esto vendrá arrastrado y se acordará de toda manera de ser un barco. Ella, aproximadamente, funcionaba de la misma manera.

Quizás como acabaron los pobres animales, aquel conflicto mundial y aquel criminal tan peligroso. A ella, sinceramente, ya poco importaba. Fue cuando el castillo colapsó, después del despido, que eligió tomarse un tiempo para ella. “Para adelantar hay que volver atrás”, le dijo, en varias ocasiones, siempre aquel abuelo rascándose la garganta. Vuelto a casa, la noche del día más negro de su carrera, miró propio a la foto con aquel viejito siciliano tan escorbútico pero tan protector, acordó aquella frase y de prisa abandonó el monstruo de hormigón en el que hacía la adulta para alcanzar aquel trigo que esperaba la hiciera otra vez una niña. En cuanto la puerta de la granja fue abierta, miles de pensamientos le invadieron los ojos: juguetes varios, imágenes, muebles y huellas sobre las paredes que contaban su historia, en aquel día cálido de verano, uno de aquellos que, sin pensarlo, varios años atrás habría pasado al sol. “A mesa y a la cama, una sola vez se llama”, repetía a menudo aquel abuelo tosiendo, como siempre hacía para esconder la dulzura que sólo guardaba hacia la última nieta, “aquella con los ojos avispados”, como él mismo decía. Eligió entonces de salir para caminar por los senderos de la granja, una vez protegida por la vieja sombrillita de paseo, para evitar que su piel, demasiado clara, pudiera quemarse. Empezó entonces a caminar por el sendero, intentando aprovechar aquel momento que por fin lograra, durante pocos segundos, ojalá, hacerle olvidar lo que había dejado en la ciudad, lo de que estaba huyendo. Avanzando entre el amarillo de aquel campo deseaba encontrar una vía de escape de su misma cabeza. Quizás por estar demasiado hundida en sus ideas tropezó, cayendo con las manos en charco de barro y dejando la sombrilla. Miró a sus manos y localizó luego el parasol que, escondido entre el trigo, se movía con cada soplo de viento como si fuera vivo. Sonrió, entendió que era aquello el buen momento. Con el barro se pintó unos bigotes en la cara, rugió y se aplastó al suelo, escondida entre la vegetación, como sólo los tigres más salvajes pueden hacer.

Silencio, como nunca en aquel día, no era más una niña sino una feroz predatriz, con hambre de novedades, que sabían de viejos recuerdos. La caza acababa de empezar: con un arrebato el animal se lanzó hacia adelante en el futuro, abandonando el pasado pero quedándose estable sobre las patas, con las raíces en aquel mismo barro. 

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