Irrenunciable Ausencia

Trato de encontrar un momento para aligerar el peso que tengo sobre los hombros. Respiro profundamente y miro a mi alrededor: la hierba alta, ningún rayo de sol, la infinita y vacía lontananza de todas las cosas. Hoy es uno de esos días en el cual no me reconozco. El cansancio que siento y el silencio de mi corazón obligan a la mente a desembarazarse de la niebla en la cual se enmarañan mis recuerdos. Todo alrededor calla obstinadamente y en el gris del cielo consigo solo encontrar sus ojos.

Ojos de mar que destilan tierra demasiado alejada de mí, en la que he dejado secretos sepultos como tesoros. Para después escapar, sin ningún destino, tan lejos de mí misma hasta perder la mitad. Para después buscar, en cada centímetro del gris, sus Ojos de mar e imaginarlos a la deriva, atravesar las tempestades y naufragios, y llegar entonces a acariciar aún las orillas de mi cuerpo, ahora demasiado viejo y cansado bajo el peso de la añoranza.

 

Volver a la vida que había elegido para mí se había convertido en un paso atrás desde el punto de partida: estaba convencida de poder reapropiarme de todo cuanto había siempre poseído y no tenía idea de los esfuerzos con los que cada cosa me rechazaba. En cuanto probaba a volver a los automatismos habituales, privados de estímulos e inteligencia, todo me gritaba en contra de la inutilidad de espacios demasiado angostos por aquello que llevaba dentro.

Y cuantas veces intentaba sepultar el ardor, tanto más me bullía el corazón.

Y pasaba noches de sábanas húmedas y amaneceres ricos de fe, pero dentro todo estaba oscuro.

Comenzaba a sentir el odio que nacía de lo profundo y echaba raíces, que me ponía cara a cara con mis remordimientos, exigentes de respuestas sin sentido. Porque eran mentiras que me contaba a mí misma para aliviar el dolor de la culpa.

Hoy miro este cielo apagado y el desierto de mi tierra y creo haber sido yo quien la pintaba con los colores de mi consciencia. El viento se insinúa tras las ramas de los árboles desnudos, como todas las cosas que he dejado y continúan a vagar como fantasmas en mi memoria.

No he olvidado nada, no sé olvidar el peso de todas las ausencias a las que pertenezco y a las que nunca he sido capaz de decir adiós, que llevo encima como una condena.

Leo el largo preguntarse del tiempo en cada arruga, la concentración con la cual se quedan en equilibrio los pensamientos con los colores que me llevo a la cara.

Dejo caer los párpados sobre las pupilas, así lejanas y vivas, y siento volver a recorrer el largo viaje, a través de las tormentas más íntimas de mi consciencia, para alcanzar todavía aquellos Ojos de mar a los que vuelvo en mi mente, como si toda mi vida estuviese en aquel encuentro.

Me doy cuenta de cuan simple habría sido si hubiese dedicado el olvido a mi insatisfacción.

No he sabido hacerlo, por qué puedo elegir renunciar al mar, pero no a su recuerdo.