Insignificantes episodios de hermenéutica aplicada

Desde puente Solferino, la línea ferroviaria en la distancia, la postura nostálgica del sol, el perfil abandonado de la Ciudadela, cada elemento que participaba al crepúsculo – momento siempre querido por los turistas más románticos, acuclillados en los terraplenes paladeando una cerveza, musitando entre ellos palabras adecuadas a la situación – relegaba a un segundo plano el aspecto tifoideo del Arno y dejaba que adquiriera hasta una especie de amenidad.

Elena procedía rápidamente entre los soñadores, desatenta porque sigue esa ruta todo los días. Créanme si os digo que algún tiempo más tarde, con el agua hasta a los tobillos y el mistral en la ropa, créanme si os digo que se arrepintió de no haber gozado algunos momentos más de esa hermosura tan huidiza.

Pues, yo lo sé, porque me lo habló. Sólo ayer, en una toma de confianza extrema, Elena me habló de aquella tarde. Otras torres, otros campaniles, otras ciudades se movían en ella.

Encontraba aquel paisaje de postal empalagoso, contenía señales falsas, sobre todo en el punto donde su pie, a su pesar, tropezaba en la obviedad de lo ordinario. Más bien, ella prefería rezar un rosario más personal: “Helen, thy beauty is to me”. Sí, sí, vivía por ello: un recuerdo demasiado envejecido; de cuando labios aún verdes declamaron esas palabras sólo una vez y ella basto con esa única vez. Entonces no había tenido nada más que una intuición.

Cada vez que atravesaba ese puente la invadía un vértigo que interpretaba como una insatisfacción por su propia vida, por la manera de conducirla durante los últimos años. Ahora Elena se volvió seria, casi amenazadora. ¿Qué tiene que ver esto con el tedio del matrimonio, con los hijos? ¿Qué tiene que ver esto con mi sosa carrera hacia estaciones que cambian, una igual a la otra? ¿Cómo encaja esto con el sentir que cada verano está siempre más caliente, cada invierno más frio, cada otoño más ventoso y cada primavera más triste? ¡Venga, soy demasiado vieja para estos antojos!

Tampoco era ese impedimento en la lengua – esa salsa de consonantes liquidas – lo que obstaculizaba nuestra conversación; estaba sufriendo un delirio que no conseguía controlar y las palabras se le disolvían en la boca, como un comprimido en un vaso de agua.

Necesitaba que su existencia adquiriera una finalidad definitiva, reveladora. Necesitaba que por un momento – hubiera sido bastante – el puente quedara de conectar dos áreas de la misma ciudad. Necesitaba recomponer su vida, desempeñar los días que había gastado, para vivirlos mejor. No obstante se esforzó mucho para hablar – juro – cada vez que se le hacía la única pregunta plausible, lo que todos queremos conocer, empezaba con la misma ecolalia.

En unos días, con el agua hasta los tobillos y el mistral entre los pliegues de poliéster y viscosa, Elena, con su cuello más allá de la barandilla, vio el Arno, verde y maloliente, correr hacia la desembocadura. No había – no hay – ningún panta rei para pensarlo, ningún espejo donde reflejar su propia imagen, la verdadera; a lo sumo sólo hay la real necesitad de una ruta de escape. Pero créanme si os digo que nunca había pensado en tirarse por el puente.