El serpiente

Uno delante del otro, dentro del círculo dibujado por el silencio de los curiosos. Las notas se repetían de manera obsesiva. No habían muchas, solo una melodía corta, repetida y sincopada. El serpiente, en asechanza, apuntaba hacia un brazo de aquel otro que estaba retando su tirón mortal. De repente, quizás por error, o por simple, incomprensible curiosidad, levantó la mirada; una fracción de segundo, un tiempo que nadie hubiera podido decir. Dos ojos negros, entornados, lo miraban desde arriba. El serpiente hubo un frémito, volvió a mirar aquel ridículo instrumento en las manos del otro, y luego otra vez aquellos ojos. Una mueca inesperada se dibujó en su boca, que, poco antes, era lista para abrirse de par en par y pegar. ¿Qué le estaba pasando? Nunca había sentido aquellos múscolos a los lados de la mandíbula, pero conocía la sensación que, detrás de aquella mueca, se había apoderado de él muchas veces antes del mordisco letal. Compasión. Sí, era propio esto. Por supuesto, no se adaptaba a un serpiente de su raza, pero con el paso de los años, se sabe, incluso el orgullo más tenaz se deslíe frente a las miseras ficciones. El serpiente aflojó sus espirales,  giró sobre sí mismo y se fue, mientras que el encantador, con la mirada perdida sobre aquel signo que se alejaba sobre la tierra polvorosa, soplaba notas que ya no encantarían ninguno más.

En torno a la medianoche llegó a París, se sentó en un bistrot y ordenó un “pastis”, su primero. A menudo había oído algunos de sus amigos que exaltaban su bondad. Al primer trago, a los lados de la boca advirtió la misma mueca, fuerta esta vez, persistente. Y ,quizás debido al sabor apenas descubierto, quizás por su canciancio, o quien sabe porqué, empezó a reír, a reír, a reír, siempre más fuerte.