El hombre con el cigarro

 

Luigi Barillaro frisaba en los sesenta, era un hombre hermoso y llevaba todos los días chaqueta y corbata; tenía un porte elegante que hacía suponer seriedad y profesionalidad. Paseaba por Lovere con una mano detrás de la espalda y un cigarro en la otra, apagado por la mayor parte del tiempo. Todos los negociantes lo saludaban, era fácil entender que vivía en aquel pueblo. Me acuerdo que, cuando llegué, me hizo una seña con la cabeza, muy distinguido. Su primera mirada transmitía un sentido de autoridad particular. Lo que se advirtía, digamos la segunda vez que se veía, era la reacción extraña de algunos de sus paesanos, sobre todo cuando, por ejemplo, pasaba delante del bar del pueblo. Parecía que todos se reían de él. Algunos días después, me parece que estaba al colegio cuando pregunté al director quien fuera aquel tipo, me acuerdo que le pregunté: “Una curiosidad, sería posible saber quien es aquel Hombre con el cigarro?” y el me sonrío con sus grandes bigotes, “Luigi Barillaro, el mentiroso”, me dijo, sin añadir nada más, me dio un golpito y siguió andando por su camino. Si lo pienso ahora, es imposible no reír. Después de algunos días, descubrí que era famoso por su inclinación a contar falsas historías sobre su vida, en una palabra, bolas. Una vez, mientras que trataba de engatusar una chica de Bolzano, que estaba de vacaciones con sus padres, afirmó que era el fundador de Barilla. Agradezco de haber visto la escena. Iba a creerle, os lo juro. Tenía una actitud, una manera de contar las historías y sobre todo de identificarse con el personaje que lo hacía muy persuasivo. Era imposible no creerle, no habían alternativas. La ganas de conocer la historía era más fuerte que la concienca de que no se trataba de la verdad. Como un libro, que te engulla y no puedes salir más. Cada historia que salía de su boca era real, desde el momento en que se quitaba el cigarro de la boca hasta que se lo aboyaba lento, saboreando el aroma. Era normal que todos le tomaban el pelo. Me acuerdo todavía cuando, hablando con un jefe edil de Como, inventó de haber planeado los más altos rasgacielos de Nueva York. Tenía una foto como prueba, y cuando la sacó del bolsillo, los ojos del otro hombre se hicieron grandes como los objetivos de una cámara. Ha muerto hace diez años, pero todavía sonrío cuando pienso en él. Me acurdo de que hubo una gran reunión de los ciudadanos, en la plaza del pueblo. El mayor nos dio la noticia, y nunca me olvidaré de los ruídos de lloro, y en seguida de risas. Tuvieron que traer su cuerpo públicamente en la plaza, para que todos lo creyeran. Se empezó a hablar delante de él, como para controlarlo. Casi pensabamos que podía camelar aún la muerte. El mayor nos dijo que Luigi no tenía dinero, así que el ayuntamiento se habría encargado de la sepultura. Me parece que el primero que habló fue el estanquero, que propuso de pagar todos juntos la sepultura de Luigi. No sé por qué todos lo llamaban Luigi, como si se estaban dando cuenta. Cuando Franco, el matarife, propuso de recojer sus historía más importantes para ponerlas en su lápida, rompieron todos a reír: se convertió en una fiesta, en torno a Luigi. Había conseguido mangar aún la muerte. El bajorrelieve de bronce representaba la historia más famosa, cuando era coronel piloto paracaidista del batallón Valientes Destructores de la Aeronáutica Real. Era sin duda la más divertida, todos en el pueblo la cuentan, quizás un día os la conteré, o bien la oiréis por alguien. La mejor historia que Luigi Barillaro nos hizo vivir.