El pañuelo de la abuela

Camino, paseo por las calles que reconozco como las de siempre, con faltas más evidentes. Todo está parado por hace seis años, el aire está llano como los años pasados esperando aquella vida precedente, que nunca más volverá. Por todo este tiempo, tres veces por mes, he recorrido estas calles, conozco de memoria cada pequeño detalle de la “nueva disposición” de la ciudad.

La calle está semivacía, algunos perros vagabundos hacen la guardia a las casas abandonadas; alrededor, solo se oye el ruido de las excavadoras y de las grullas que trabajan. La ruta que desde la catedral lleva a mi casa está constelada de particulares: dando la vuelta a la esquina hay un escorzo de un cuarto de baño, se veen los sanitarios, la ducha y el lavabo; más adelante hay un viejo sótano y desde la pared derrumbada se entreveen una copia de “La vida maravillosa” de Gould y “Terra!” de Benni, no robaron los libros.

Al principio ha sido difícil moverse trás aquellas ruínas sin tener suspiros del corazón, después de algunos años casi diría que me he acostumbrado. Lo que todavía me afecta es pasar delante del ediculo de Via Vetusti y veer los poco periódicos abandonados allí, cubiertos de polvo, que todavía llevan aquella fecha, casi para decir “Recuerda”. A pesar de esto, nunca perdí la esperanza, la ciudad se levantará.

De aquella tarde tengo en mente una sensación que pocas veces he probado en mi vida, la de encontrarme sobre un barco, con aquel balancear continuo, náusea, y luego de repente todo se para; desde aquel momento ha sido solo un subseguirse de eventos debidos, que han cambiado nuestra vidas.

Pienso que demasiadas veces me he afligido, fijandome en imaginar viejas costumbres, luego he dicho a mi misma que no merecía la pena. En aquellos momentos me acordaba de las palabras de mi abuela, era argentina y siempre decía “Todo cambia”, y encontraba la fuerza para ir adelante.

Al final, la natura causó todo, nos demostró su fuerza, y no se puede combatir. Nos hizo reflexionar tambíen sobre la brutalidad del hombre, pero esta es otra historia.

 

Eran las 3.32, y yo aquella noche no la olvidaré nunca más.

 

La verdad es que todavía estoy viva, hoy vuelvo a mi casa con mis queridos y voy a celebrar mis 86 años de pura vida sobre la piel.