El corazón en el estómago

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi.

Se había apartado de los demás, su espalda apoyada en la pared de aquel local ruidoso en Via Mariani. No solía ir a ese sitio porque ponían música demasiado alta y siempre encontraba a alguien vomitando. Allí sentía una sensación de depresión generacional, de derrota, de obscuridad indefinida. Por eso me despedí de mis amigos y salí a tomar el aire.

Ella estaba allí, afuera.

Llevaba un abrigo enorme, tres tallas más grande que la suya. Enseguida pensé que pertenecía a un posible novio. Caía una llovizna ligera, pero ella no parecía inquietarse. Miraba concentrada los coches que corrían despreocupados y un fulgor raro aparecía en sus ojos cuando cruzaban las luces de los faros. Tal vez solo era una sensación mía, pero aquel detalle insignificante - que me hacía sentir parte de su mundo lejano- me impactó mucho. Fumaba un cigarrillo y me comía las uñas sin darme cuenta, seguía mirándola con cierta insistencia, pero elle no me había notado. Estaba totalmente concentrada en algo que yo no podía descifrar, pero que quería descubrir, revelar, extirpar. 

Parecía triste. No, triste no. No sabía como decirlo... parecía perdida. Eso sí: perdida. E inalcanzable. El tiempo pasaba y ella se quedaba ahí, apoyada en la pared para sostenerse; probablemente no podía ni estar de pie sin aquel sostén. Fumé, entonces, otro cigarrillo. Empezaba a impacientarme: quería que volviera su cara, que me notara, que se diera cuenta que no estaba sola al mundo. Como siempre había empezado a fantasear e intentaba responder a las preguntas que tenía en mi cabeza: ¿Qué hacía? ¿Esperaba a alguien? ¿Por qué no volvía a entrar? ¿Algo la retenía?

Se mordía el labio inferior a menudo y desplazaba con la lengua el piercing que llevaba en la cavidad del labio superior. Un gesto monótono, casi un tic que sin embargo me ponía mucho. Tuve que relajar y estirar los músculos del cuello para controlarme e impedirme correr hacia ella. De repente se volvió hacia mí, permitiendo a mis ojos fijarse en su barriga, que el top negro bajo el abrigo dejaba desnuda. Tenía un tatuaje que me hizo sonreír: dos o tres patas de perro, la imaginé llevando a pasear a un perro de gran tamaño. Un poco más allá llevaba otro tatuaje,  justo ahí. Parecía un corazón. El músculo del corazón. No se veía por completo, pero podía intuirse. Tenía un corazón en el estómago. Un peso silencioso que pendía sobre su cuerpo. Me habría gustado desnudarla, abrazarla, besarla, perderme en sus ojos velados de melancolía y acariciar aquel corazón que latía.  Mis manos hormigueaban, seguía estirando los músculos. Casi había acabado el segundo cigarrillo.  Ella se recuperó, pareció reanimarse. Se volvió hacia mí y empezó a andar. Miraba al suelo y tenía los brazos cruzados sobre el abrigo, para cubrir la barriga. Yo esperaba con ansiedad que ese metro que nos separaba se acabara.

Fue un instante, pasó a mi lado, se paró detrás de mí y tomó mi mano. Ni siquiera volví mi cara hacia ella. Rozó con mis dedos su barriga y pude percibir la cicatriz de aquel corazón tatuado sobre su piel. Luego dejó mi mano y desapareció en el local. Se volvió una última vez hacia mi y sonrió, una sonrisa triste, un mensaje que se perdió en la muchedumbre y en la obscuridad.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi.

Fue la última, además.