El Coleccionista de Estrellas

Había coleccionado cincuenta y seis naranjas en el verano del setena y dos, treinta y cinco estrellas de mar en el setenta y tres, ochenta y dos piedras en el setenta y cuatro, y después continué con distintos tipos de agua de mar, chanclas, gafas rotas, pedazos de ladrillo, ruedas de bicicleta, sombreros de paja e innumerables objetos.

¡Innumerables para vosotros quizás! Yo tengo un archivo puesto al día de cada una de mis colecciones, y ninguno jamás se ha podido permitir hacer mella a la perfección. Cada una de mis colecciones está numerada y ninguno de mis objetos se asemeja al otro. Cuando comencé mi colección de naranjas, el problema era claramente la conservación, me he convertido en un maestro en la conservación de la integridad de cada clase de objeto y alimento. Como cuando comencé la colección de peces. El único modo para conservarlos intactos era convertirlos en objetos: el embalsamamiento. Me convertí en un maestro también de este arte. El arte del embalsamamiento me fascinó enseguida. Técnicamente comencé con las estrellas de mar, que en realidad son mucho más fáciles de tratar. Un verano cultivé la típica pasión por las mariposas, y después por las lagartijas. Recuerdo che también mi tío, el hermano de mi padre, tenía esta pasión desmedida cuando era pequeño. Recogía una de aquellas hojas largas que parecen hilos y hacía de ellas un lazo con el que capturaba las lagartijas que después embalsamaba, si se puede decir así. Mi técnica es evidentemente más precisa, limpia y duradera.

Continué con esta ‘obsesión’ de verano exactamente durante veintidós años, veintidós colecciones distintas. Os preguntaréis qué hacía el resto del tiempo, cómo aprovechaba el tiempo. Fundamentalmente, vivía mi mediocre vida como empleado, de vez en cuando hacía una visita a mi almacén, un poco alejado de la ciudad. Había adquirido un viejo granero y lo había transformado en una especie de museo. Lo llamaba: mi trastero.

Se lo mostré a mi hermana cuando me venía a buscar, una sola vez en toda su vida. No tenía una buena relación con ella y tampoco con el resto de mi familia, con ninguno de ellos para ser honestos. Cuando entró se quedó pasmada y por un momento quise leer en sus ojos una expresión de magnifico estupor, percatándome al momento cuánto estaba equivocado. « ¿Qué debemos coger?» me preguntó y comenzó a meterme prisa, no quería pasar allí la noche sabiendo que el último tren no tardaría en salir.

Ella era la única a quién le había mostrado mi trastero. La única obra de la cual me sentía realmente orgulloso. En algún momento de lucidez hube pensado también en donarlo, creyendo que para alguno podría haber tenido algún valor. Si no le interesaba si quiera a mi hermana, ¿a quién podría haberle interesado aquel montón de cosas?

Recuerdo que de noche, -sí, algunos sábados por la noche me encantaba dormir en medio de mi colección- desde el granero se podían ver todas las estrellas del cielo, e imaginaba precisamente poder coleccionarlas. En mi mente lo hacía, y lo sigo haciendo ahora, cada día.

Aquella misma noche llamé a la comisaría para entregarme.

Era la primavera del noventa y cinco, sabía que no habrían encontrado su cuerpo, dividido exactamente en cien pedazos perfectamente conservados en el centro de mi trastero.

Sin embargo,  llamé y conté todo, desde mi punto de vista, forzando su mano sobre sus faltas, evidentes, a mi modo de ver.

El corazón es revelador y yo soy un miserable coleccionista.

Ahora catalogo las estrellas desde mi celda, esperando que tenga el tiempo suficiente para mirar mi colección.