El Hueco -  La Trilogía de las Ventanas y del Ocio

Habían pasado once meses y veintidós días desde el comienzo de las obras.

Habían pasado cuarenta y nueve meses y diecisiete días desde cuando elegí de proyectarla.

Habían pasado ciento doce meses y tres días desde cuando entendí que aquello iba a ser mi camino.

Ahora, por la primera vez, estoy en ella. Mi creación, mi niña.

Antes de todo, doy una vuelta de la finca, quiero observarla por afuera. El jefe de obras sigue a mi lado y respecta mi obsesivo silencio. Ruidoso.

Se trata de una vivienda de doce millones, y yo, su planeador, la veo por primera vez.

Cuento las pisadas, despacio, gozándolas, una detrás de otra. El jardín y los varios espacios externos tienen que ser terminados todavía, pero yo puedo verlos ya. Veo la familia del doctor Schillipizzi y sus amigos que corretean todo alrededor de mi criatura, felices por su sólida fiabilidad, sus comodidades, su cálida natura acogedora.

Una interminable vuelta alrededor, casi acompañados por un compás, acaba reconduciéndonos irremediablemente a mi coche. Lo había dejado abierto. Ahora cojo el proyecto y miro al querido Giovanni.

<<Gianni es el momento de revisar, ¿estás listo?>>

<<¡Claro Doctor! ¡Ingeniero! Hemos seguido las instrucciones a la perfección, usted va a ver que le gustará. La cocina para mi se ha quedado un poquito obscura, pero en el salón hay luz desde la madrugada hasta…>>

Lo interrumpo con una mirada, invado su espacio personal acercando mi cara a la suya. Amenazador. No se diría de una personita de poco más que un metro y cincuenta, no obstante esto conozco la proxémica como la palma de mi mano. Veo los espacios. Sé que no necesito palabras, cuando puedo comunicar, solo desplazándome alrededor de mi interlocutor. Adentro de él. Estaba concentrado, no quería ser interrumpido, avisado, molestado, por las palabras de Giovanni, especialmente ahora.

Habían pasado ciento quince meses y siete días desde cuando había expresado mi deseo de creación. Me siento Dios. Supero la puerta y empiezo a estudiar cada rincón, desde la majestuosa entrada que se abre amplísima hacia el salón principal. El hogar y las grandes ventanas dan una luz gris e intensa ya por la primera pisada al interior de la vivienda. Luego me voy con una calma maniática hacia la cocina y cacheo cada habitación y salón con atención estratégica, esquemática. Tengo el derecho y el deber de controlar cada rincón, cada marco, cada pequeño órgano de mi criatura.

Subimos a la segunda planta.

Habían pasado trescientos y veintitrés meses y dos días desde cuando mi padre me había comprado mi primer juego de construcción. Mi primera creación. Era maniático desde entonces ya. Preciso.

Cada dormitorio me parecía perfecto, bien hecho. Controlo también las paredes y los suelos con unos golpecitos seguros. Antes con los nudillos, para asegurarme que las columnas y las paredes de carga sean en su lugar, luego con el tacón de los zapatos. Necesito saber que quien vivirá dentro de ella se sienta seguro. Sustentado por su prestancia y su perfección.

He controlado los siete dormitorios y los cuatro baños. El desván y el trastero número uno.

Abro la puerta de la última habitación, el trastero número dos. La satisfacción empieza a cruzarme la columna vertebral como un escalofrío. Sonrío doblando el pomo. Incauto, tonto. Nunca habría que cantar victoria antes de la fin.

Entro en el trastero número dos y a pesar de su regularidad y armonía… Ustedes no van a creerlo, y tampoco sé como decirlo, pero está por pasar y yo no puedo hacer nada. No tengo un esquemático control sobre lo que mis ojos están por ver. Lo que era un escalofrío del dulce placer del éxito y de la satisfacción, se transforma en el ablandamiento de las articulaciones de los artos inferiores. Decepción: extrema, final, irremediable. Y luego rabia: impronunciable, sorda, muda, profunda, calculadora.

Habían pasado ciento doce minutos y cuarenta y dos segundos desde la primera vez que vi mi primera creación, mi hija. La vivienda soñada que siempre había deseado proyectar.

Decía; entro en el trastero número dos y a pesar de su regularidad y armonía… Entro y encuentro una ventana, que yo nunca había diseñado. Una ventana que no había sido proyectada. Era una ventana en un trastero, la tontería más absurda que hubiera visto, y en una vivienda tan perfecta, tan armoniosa. Dentro de mi criatura, que había pensado, proyectado, organizado, acompañado, acogido en mi corazón. Dentro de la hija de mi intelecto, un penosísimo hueco, fruto de la tontería de Giovanni y de su equipo, estaba en frente de mi y casi me miraba. Mi rabia no habría podido preguntar algo mejor que aquel penosísimo hueco.

Habían pasado cuatrocientos treinta y uno meses y quince días desde cuando mi madre me vio por la primera y última vez. Ahora entiendo como tuvo que sentirse. Toda culpa de aquel penosísimo hueco.

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