I need you so much closer

El frío cortante invita Ania a ahondar la cara en su envolvente bufanda azul. Pero ella se niega, impávida. Tiene ganas de sentir la brisa otoñal que le pica la piel. Empuja más fuerte los cascos contra las orejas. Siempre es así, cuando empieza aquella canción: las notas penetran en la cabeza, le llenan los oídos, los ojos, las células. Se pierde en eso. Parece que a cada escucha pueda casi, de repente, regenerarse. En realidad sigue siendo ella, siempre. La colleccionista de pensamientos inútiles, pensamientos que luego pierde todos por la calle, en los enfrentamientos con la vida, las personas, las columnas. Sobretodo esas últimas. Él lo sabe bien. Él que, al recoger las hojas y las compresas caídas del bolso de ella, pudo observar la metamorfosis cromática de su cara, de un delicado rosa melocotón a un fuerte rojo frambuesa. A Ania le costó un poco decir su nombre, pero para él fue suficiente mirar los ángulos de su boca para averiguar todo lo que le interesaba.

Milán era caótica, distraída, no les hacías ni caso; cada uno podía hacer lo que quería, sin que nada tuviera importancia de verdad. Ahmed opinaba, en cambio, que para él era diferente, siempre se sentía expuesto al juicio de todos. A pesar de que ya había años y kilómetros que le apartaban de la guerra de su país, seguía sintiéndola ahí, encima. La sentía quemar en su piel de color ámbar, en su accento exótico, temeroso de romper silencios obligados. Echaba de menos a su familia y sus amigos, de verdad. Pero nunca lo había dicho a alguien, en voz alta. Esa fue la primera vez que Ania pudo reconocerse sus ojos, en aquella sensación de inadecuación que siempre había sentido suya también. A diferencia de Ahmed, ella – que había pasado de una casa de acogida a otra – nunca había sentido ser parte de una familia de verdad. Esa falta con el tiempo había penetrado en sus huesos como aire gélido, silenciosamente, año tras año, hasta convertirla en una prisonera indefensa de sus propias incertidumbres. Hasta convertirla en alguien inalcanzable por cualquier persona que solo quisiera rozarla. Sin embargo, Ahmed y ella, sentados en aquel banco frente al lago, se besaron largo rato. Los abrazos habían mudado sus perfiles, cosiendo por cada uno nuevas formas. Otras identidades.

En los meses siguientes el lago se convirtió en el guardián del tiempo. Cada vez Ahmed miraba al cielo, buscando nubes grandes para rodearlas con los dedos, intentando encontrar la forma de su tierra y de su familia para pintarlas serenas y libres de todo conflicto, por lo menos en aquellos grandes copos blancos. Ania lo observaba en silencio, nunca llegaría a entender por completo el dolor de aquellas faltas, pero bien entendía la sensación de desconcierto. Al desvelar sus horrores, iban descubriendo como el significado de la palabra ‘diversidad’ parecía un cristal frágil, listo para disgregarse al primer toque. Solo hacía falta querer tocarlo, sentir la sensación de frío en las manos, para descubrir que cada trozo desconocido llevaba a una calle hacia si mismo. Como hoy los colores del cielo se funden con los del agua, también Ania y Ahmed acababan quemando y consumiéndose hasta ser una cosa sola con la paz.

Durantes las pocas horas del día que no pasaban juntos les gustaba dedicarse siempre aquella canción. Hoy, que un océano entero los separa, aquellas palabras le resuenan a Ania en la cabeza, como una obsesión. Por eso, cada vez, vuelve aquí y confía al lago el único deseo constante de su tiempo, un grito silencioso que pueda cruzar las montañas y llegar hasta donde él se encuentre: I need you so much closer.