Huìkě

 

En el vertente septentrional del monte Sōngshān, a unos días de camino desde la capital, se encuentra el templo Shaolin, precisamente donde se encontraba a los tiempos del Bodhidharma y precisamente donde Huìkě se dirigía. No se sabía mucho de Bodhidharma, según alguien tenía más que 150 años y era persiano, la mayoría de ellos estaba de acuerdo en que tenía los ojos azúles o por lo menos claros: dos diamantes, decían. Nadíe se había atrevido nunca a desafiar su mirada, por ninguna petición, tampoco la más importante. Huìkě la pensaba de manera distinta, había estudiado los Sutra desde que era un niño, y se había convertido en uno de los maestros más respetados de su provincia cuando tenía dieciséis años. Dominaba el arte del bastón como pocos, y al pueblo se contaba de que había parado a dos tigres, que se estaban peleando, sin tampoco abrir los ojos, puesto que estaba meditando. Pero esta vez, era otra historia.

De hecho, el viaje había sido fácil para él. Eran cuatro días de camino y un par de millares de escalones, pero estaba fisicamente entrenado y aún era muy joven. Aquel templo estaba ocupado solo por el monje y una decena de devotos que cuidaban al templo, a unos centenares de escalones de distancia, se podía advertir ya el silencio extremo que dominaba la cumbre inmersa en la nieve.

Huìkě tenía miedo. Todos tienen miedo, no importa si conoces todos los tipo de artes marciales y dominas el arte de la espada como un maestro, habrá un momento en que el miedo rayará tu armonia perfecta. Pero él  también estaba preparado para esto. Sin nunca pronunciar una palabra, se acercó al primer hombre que vino hacia él, presentando un largo pergamingo, con los nombres de treinta y tres monjes de toda India y de parte de la China y una petición formal  para que fuera aceptado como alumno del vigesimoctavo patriarca del Budismo Indiano. Así que se sentó  en la nieve y empezó a esperar.

Sabía que la espera podría ser muy larga, y la primera vez que vio al Bodhidharma salir del templo para meditar, delante del muro, su corazón empezó a golpear rápidamente, una cosa que no pasa a menudo a un monje. Sin embargo era un hombre pequeño, vestido de gris, con el pelo y la barba larguísimos, que le envolvían la cara. Solo se podían ver dos diamantes azúles, que brillaban en todo aquel gris. Lentamente se sentaba y meditaba, en silencio, todos los días a la misma hora.

Huìkě se armó de toda la paciencia que tenía y empezó a recitar el Sutra de la perfección y de la sabiduría que contenía la mayoría de las enseñanzas en las que creía, y era demostración de un grande conocimiento, de armonia y de su ser budista. Pasaron los días, la nieve no paraba de ponerse sobre el terreno y sobre Huìkě, que aún no tenía el permiso de entrar en el templo. Sabía que no lograría entrar y se moriría congelado. Gracias a la meditación guardaba su energía, podría no comer por algunos día más, y la nieve apagaba su sed suficientemente, pero contra el frío no podía hacer nada.

Seguía repitiendo los seis pāramitā con insistencia, centinaia de veces antes de empezar la meditación nocturna que sustituía el sueño.

Dāna: generosidad, disponibilidad;

Śīla: virtud, moralidad, conducta adecuada;

Kṣanti: paciencia, tolerancia, aguante, aceptación;

Vīrya: energía, diligencia, vigor, esfuerzo;

Dhyāna: concentración, contemplación;

Prajñā: sabiduría.

Las seis perfecciones corresponden a las seis virtudes necesarias para alcanzar el camino del Buddha. Pero ahora, la única cosa en que pensaba Huìkě era el frío que lo congelaba y que iba a llevarlo consigo. Unos devotos, cuando pasaba delante de él, parecían cuanto menos preocupados en la cara, pero nadie se atrevía a hacer nada. El Bodhidharma tampoco parecía darse cuenta de su presencia.

Todo pasó por casualidad. Había pasado solo un mes desde la nochevieja, la nieve seguía bajando lenta y Huìkě ya estaba inerme, en tierra, solo movía los labios y no abría los ojos desde muchas horas.

Una hoja blanca, ligera e inconsistente se posó sobre su frente, era una hoja del Flor de Loto. Era salvo, la primavera había llegado para salvarlo.

Era como si, en un solo instante, había entendido todo, así que, con una calma y una concentración que parecían imposibles de encontrar, inmersas en aquel frío atroz, empezó a recitar en su mente el Sutra del Loto.

“ ¡Mi mente no está pacificada! Por favor, ¡pacifica mi mente!” gritó de repente Huìkě.

Librandose del silencio que se había impuesto en todos aquellos días, vacío su deseo sobre el Bodhidharma, que estaba meditando delante del muro. Su eco había llenado el templo, como no pasaba desde años, quizás siglos. Sin embargo, el Bodhidharma tampoco se volvió.

Así que Huìkě se levantó con sus últimas energías, abrió los ojos de par en par y sacó su katana. Con un gesto casi espontáneo, armónico, natural, cercenó su mismo brazo, delante del vigesimoctavo patriarca del Budismo indiano. El miembro cayó sobre la nieve con un sonido sordo, pintandola de rojo en unos instantes. Sin embargo, el Bodhidharma tampoco se volvió.

“Traigame tu mente y la pacificaré”, contestó lentamente, con su voz ronca, vieja.

Huìkě estaba recitando en su mente el Sutra del Loto; brotaban litros de sangre, mientras que su brazo yacía sobre la nieve. Ninguno de los dos había regalado tampoco una mirada al pobre brazo. Los dos ahora viajaban en una dimensión distinta de la terrena, en los mundos del alma, a través de las palabras de los Sutra. Huìkě se dejó distraer por la curiosidad, y miró a su brazo, una última vez. Pensaba haber encontrado la solución, pero la respuesta lo echó en tierra otra vez, en sus rodillas, decepcionado por sí mismo. Consciente que todo iba a terminar.

“He buscado mi mente pero no la encuentro”, susurró con sus últimos esfuerzos.

El Bodhidharma por fin se acercó a él, con los ojos aún cerrados, la cara relajada, pacífico.

Acercó el palmo de la mano a la piel de la cara de Huìkě y sonrió ligeramente. Antes que el joven monje se desmayase por el dolor o por la sangre que brotaba desde la mitad del brazo que quedaba, le dijo muy despacio, pronunciando cada sílaba y respirando la esencia de las mismas.

“Yo, he pacificado tu mente” y por fin, Huìkě, entró en el templo. 

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