Fuera del tiempo

La primera vez que Daniele y yo nos dijimos adiós estabamos en el coche, una noche de diciembre.

Él estaba a punto de irse durante un semestre al extranjero, yo quería saber si valdría la pena esperarlo.

Se fue sin despedirse.

Yo lo esperé.

La segunda vez que Daniele y yo nos dijimos adiós estábamos en el puerto, una tarde de verano.

Él no quería ataduras.

Yo no quería un término medio.

La tercera vez que Daniele y yo nos digamos adiós será hoy.

Pero el todavía no lo sabe.

No me mira después del sexo. Se queda tumbado, con los ojos cerrados. Sólo su mano se aproxima lentamente. Soy yo quien planto mis ojos sobre él, incluso aunque sé que no lo soporta. Es un puercoespín: una coraza de púas prácticamente impenetrable.

«No me has dicho nunca que significa ese fuera del tiempo». Sonrío: no le he dicho a ninguno que significa ese tatuaje.

Podría decírselo. Podría decirle que es él quien me dejó marcada, él y la conciencia de ser siempre la persona equivocada en el momento equivocado. Podría explicarle años de compromiso y de ultimátum a mí misma, pero ¿para qué serviría?

No consigo mirarlo.

Debo irme de aquí.

Me pongo en pie y comienzo a vestirme. «Mañana me marcho. Me traslado a Bélgica. Creo que esta es la última vez que me verás».

Daniele está sentado en la cama, me mira como si me viese por primera vez y siento que haría cualquier cosa por no estar aquí en este momento.

 Es lo que necesito, pero quisiera que dijese cualquier cosa, quisiera desesperadamente que dijera cualquier cosa.

No emite ni un suspiro.

«Sé dónde está la puerta. No te preocupes».

Ni un «hasta pronto». Ni un «buena suerte». Ni un «adiós».

Siempre lo he sabido, no soy de las de final feliz.

Cierro con fuerza la puerta tras de mí. Del otro lado escucho un ruido de cristales que se rompen.

Si me paro, no lo conseguiré.

Me abrocho el abrigo de piel, acelero el paso.

Me encuentro en medio de la multitud de la hora punta, pero no siento a ninguno.

En casa me esperan maletas y cajas.

Es el final.

 

La primera vez que Silvia y yo nos dijimos adiós era diciembre, y no conseguí pedirle que me espere.

La segunda vez que Silvia y yo nos dijimos adiós era agosto, y no conseguí pedirle que me perdonara.

La última vez que Silvia y yo nos dijimos adiós ha sido hoy y no he conseguido pedirle que se quedara.

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