Fósiles

La noticia cogió Angela desprevenida, aquella mañana llovizna de mayo, en el silencio sepulcral del laboratorio todavía durmiente. Apoyó su móvil sobre la mesa maquillada de tierra y huesos pleistocenos de distintos tamaños, aguantando la respiración, como si fuera un dinosaurio esperando el choque de un gigantesco meteorito.

Con la mirada quebrada, abrazó la mandíbula de un varón adulto de Hippopotamus antiquus, sobre el cual estaba trabajando sin pararse hace unos cuatro meses.

Se sacó dos lágrimas pertinaces sobre la bata blanca, cuando se dio cuenta de que se olvidió el bote de acetona abierto. Acercó sus narices e inspiró a fondo. El olor punzante le regaló un mareo, y una sonrisa sedosa no tardó en aflorar sobre sus labios.

“Trabaja debajo de la capa, o bien ponte una antifaz. Es peligros inspirar ciertas sustancias, ¿cuanta veces tengo que decirtelo, niña?”

Aunque hubieran pasado muchos años, podía sentir todavía el eco de su voz reprocharla con malicia. Niña, se lo había enseñado ella, a Ethan, durante uno de los infinitos días pasados juntos, llevando a la luz esqueletos mesozoicos, bajo el ciel soleado de la Patagonia.

Entrecerró los ojos, amarrados por un dolor espinoso, en los abismos oscuros del alma, se apretó hacia el fulgor deslumbrante de una salpicadura atávica de luz.

Aquella luz había cruzado la escalera de los tiemposo geológicos, conservando íntegro la cara de un Ethan con el pelo corto, un poco de barba, absorto en devorar una de las novela que solía llevar con él a los lugares de excavación.

Aquella luz era el rompecabezas de manos sucias de polvos, de tierra bajo las uñas, de huesos inarticulados; era la pasión sudada por aquellas criaturas mastodónticas, que infundían respeto y admiración, desvelando misterios de su propio camino de la evolución; era el amor que había secado el océano, devorado la distancia, perdonado, consolado, cuando Ethan había renunciado a ella, siguiendo su proyecto de investigación a la Universidad del Alberta.

Regresada a Italia, después de un año de trabajo extenuante, Angela se lo llevaba encima, en su vientre, en sus narices, en su saliva, en sus manos. Sabía que Ethan iba a dedicar la mayor parte de su carrera académica al estudio de uno de los ejemplares de dinosaurios mejor conservado que habían conseguido encontrar en Patagonia, y sabía que para ella no iba a ser posible alcanzarlo en Canada.

Siguió amandolo, acordando aquella dedicación sacra y volitiva para la paleontología, que había hecho de ellos un equipo inoxidable. Se especializó en distintas técnicas de restauración paleontológica: cada fragmento que conseguía pegar sin alguna imperfección, era una parte de sí misma que, a poco a poco, reconstruía, desmembrando el dolor.

Aquellos gestos tan simple, repetidos con precisión, le habían regaldo una lucha cotidiana: ¿se pueden restaurar los recuerdos hasta que paren de herir?

Aquella mañana, fue un colega de Ethan lo que llamó desde el otro cabo del mundo.

“Se ha muerto esta noche, Angela, lo siento, pero quería que lo supieras: el theropoda sobre el cual trabajaste juntos hace años, bueno, lleva tu nombre... el artículo está completo, será publicado la semana próxima...”

Las palabras, emocionadas, no encontraron agarradera. Angela apretó sus manos, atravesadas por un leve temblor. Enroscó la tapa del bote de acetona, luego llenó la jeringa de consolidante y, suavemente, pegó el cóndilo al resto de la mandíbula: la restauración había terminado.

Intentó levantarse, pero sus mejillas se humedecieron de lloro.

¿Se puede restaurar el amor, niña?

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