Eine Neue Liebe

Era el 27 de septiembre 2005, hacía un discreto frío, pero la cosa que más llamaba la atención era la bruma (rara en aquel periodo); Colonia es siempre así; menos que por aquel breve periodo denominado “Sommer”. Tal vez porque eran las siete por la mañana, pero la niebla era tan espesa que penetraba hasta dentro el cerebelo, ofuscando totalmente cada mi pensamiento.

El vuelo salía a las diez, pero el ansia usual, que precede cada viaje, me había despertado a las cinco.

Tenía que alcanzar mi hombre que vivía en Lausana, para festejar diez años juntos.

Las cosas, después de todo aquel tiempo, parecían amortiguadas. No es que uno no sienta más amor, o no tenga más gana de aquella determinada persona, de aquel cuerpo, de aquellas expresiones (que se conocen prácticamente de memoria); es que todo parece menos intenso.

Así, casi hipnotizada por mi reflexiones, me quedé sentada sobre el asiento de la estación no sé decir por cuantas horas. Mis pensamientos viajaban más rápidos de un vagón, tras los innumerables que pasaban por ahí, pero que casi no notaba, si no fuera sido por toda aquella gente que bajaba, se mezclaba, se confundía. Las sensaciones sobre los rostros de aquellos individuos, pero, eran claramente perceptibles; los habría dividido, mayormente, en entusiastas, timoratos y deprimidos de la última hora.

Generalmente no me importaba mucho de aquellas personas, pero me preguntaba, cada vez que viera una pareja “reencontrarse”; desde cuanto tiempo, más o menos, estaban juntos. Aquellos abrazos eran verdaderamente sentidos, como pasaba durante los primeros años de mi relación con Raúl, ¿o eran sólo fruto de las circunstancias?

Este enredo de sensaciones hizo perderme el vuelo, pero diez años son muchos y yo quería estar ahí sentada dejándomelos pasar por delante, intentando entender si verdaderamente mereciera la pena o si fuera solo una vieja costumbre.

El último pasaje hacia el centro era a las dos por la noche y yo, tras lo alucinado, lo turbado y sin una respuesta concreta sobre mi relación sentimental, monté para volver a casa.

El día después, a las nueve por la mañana, el timbre tocaba impacientemente. Raúl había venido para buscarme, preocupado, más enamorado que nunca, y ahí mis dudas, mis incertidumbres, se volatilizaron dejando espacio a aquellos sentimientos fuertes, totalizantes, que nos habían acompañado durante todos aquellos años.

A nuestros hijos, Cristina y Matias.

 

Agata

27 de septiembre 2015