Dos chicos y dos maletas de mano

Estaban ellos y estaba el mundo, bien unidos por un hilo invisible que los sujetaba. Dos chicos y dos maletas de mano.

En sus pequeñas maletas cada espacio vacío dejado por la ropa arrugada de vez en cuando se iba rellenando con nuevos recuerdos, nuevos vocablos, nuevos lugares.

El viaje era para ellos como la metadona que reducía la desesperación provocada por la permanencia en el mismo lugar.

Ocurrió hace cerca de cinco años. Giulio se había apresurado a sacar su cámara fotográfica, hechizado por aquello que estallaba contra sus ojos. La fuente de ámbar había capturado la atención de su objetivo: encastraba en el oro la historia de Latona, madre de Apolo y Diana. Era majestuosa. Los personajes esculpidos, apoyados sobre tres bases de mármol, se trenzaban armónicamente entre los chorros de agua y los caños, creando en el conjunto una escena espectacular, de aquellas que quitan el aliento por la suntuosidad de sus formas.

Del mismo modo había actuado Tom, deseoso de probar su nuevo modelo de Polaroid.

Se intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron. Tras un par de Malboros y algún que otro disparo, descubrieron que las fotos eran una parte esencial de sus vidas: era su manera de tomar conciencia del viaje hecho, una manera de recordar también el mínimo detalle, como aquella maravillosa luz que pintaba todo de un patina rojiza durante la travesía de las Eolias, aquel atardecer maravilloso en Santorini admirado por la pequeña Torre de Londres, las Fairy Pools de la isla de Skye.

Se intercambiaron las Polaroids, mirando el mundo el uno con los ojos del otro. Giulio mostraba las imágenes de su viaje a Tailandia; Tom era más entusiasta mientras recontaba anécdotas sobre su paseo silencioso en la Selva Negra.

- Piensa que bonito sería tener la posibilidad de volver a verlas todas después de cincuenta años- dice Giulio.

Tom cogió entonces la cámara y, abrazando a su nuevo amigo, la dirigió hacía sus rostros.

- Quiero decididamente volver a ver esto ahora- comentó entonces mientras la imagen se imprimía en la película.

Desde aquel día no hubo una fotografía más que no se tomasen juntos.

Cada cierto tiempo amaban abstraerse del tiempo para volver a mirarlas: cada foto recontaba una historia diferente y en aquellas historias estaban a conciencia solamente ellos dos. La memoria se ponía en movimiento y volvía a trazar aquellas vacaciones al mínimo detalle; era como revivir el viaje mismo, un millón de veces. Y ahora una cosa sin aparente valor como un pedazo de cartulina de 10x15 cm se convertía en un gran tesoro a proteger con cuidado y atención.

Una simple máquina fotográfica actuaba como una máquina del tiempo.

Querían que todo quedase impreso sobre aquella película. Desde el número de arrugas que se le formaban en el rostro cuando sonreían, hasta el encrespamiento de las olas del Mar Adriático sobre las abruptas playas de Croacia: debían permanecer el surco y las marcas de cada experiencia vivida.

Sí, porque la memoria es tan frágil y lentamente, queriendo o sin querer, hace desvanecerse aquellos recuerdos que querrías poder ver vívidamente por siempre. No se podía confiar en ella, a ellos les servía cualquier cosa más duradera.

No querían encontrarse con las manos vacías frente a sus nietos, con historias confusas y abstractas.  Y, sentados sobre dos sillones juntos, el auditorio de niños que los escuchaban, ahora señalaban -todavía y juntos- el pedazo sobado de cartulina 10x15 conservado dentro de aquel álbum desempolvado, sobre la estantería en el salón.